Hipocentro, epicentro y pobreza

Ene 31, 2010

Guillermo Guevara Pardo, Tribuna Magisterial, Bogotá, Enero 31 de 2010 La Tierra es el planeta rocoso más grande del sistema solar (los otros errantes rocosos son Mercurio, Venus y Marte). Sus entrañas están organizadas en tres capas concéntricas: la más interior o núcleo, una intermedia llamada manto y la más externa o corteza. La Tierra […]

Guillermo Guevara Pardo, Tribuna Magisterial, Bogotá, Enero 31 de 2010

La Tierra es el planeta rocoso más grande del sistema solar (los otros errantes rocosos son Mercurio, Venus y Marte). Sus entrañas están organizadas en tres capas concéntricas: la más interior o núcleo, una intermedia llamada manto y la más externa o corteza. La Tierra es un planeta geológicamente activo; esa actividad se manifiesta en forma de erupciones volcánicas, géiseres y terremotos, pero también en otros fenómenos menos evidentes que transcurren en largos periodos de tiempo como el movimiento de los continentes o el surgimiento de cadenas montañosas. Todas estas actividades han contribuido a esculpir la forma actual de la Tierra y tuvieron que ver con eventos tan importantes de su historia como es el origen, diversificación y evolución de la vida.

La corteza terrestre, con un espesor de entre 12 a 80 Km, está dividida en diversas placas tectónicas las cuales son fragmentos de la corteza que se desplazan, sin deformarse, por la parte superior del manto. La Tierra es el único planeta del sistema solar con placas tectónicas, aunque parece muy probable que Venus y Marte también las hubieran tenido. Se cuentan aproximadamente unas 15 placas tectónicas principales como la Suramericana, la del Caribe y la de Nazca. También existen otras de menor tamaño llamadas secundarias, como la de Cocos.

Un terremoto o seísmo se origina debido al choque de las placas tectónicas y la subsiguiente liberación de energía en forma de ondas sísmicas; pero también se puede producir por la actividad volcánica y otros fenómenos geológicos. El punto del interior de la Tierra donde se origina un terremoto se denomina hipocentro, mientras que el epicentro es la zona de la superficie, perpendicular al hipocentro, donde repercuten con mayor intensidad las ondas sísmicas. En el reciente terremoto de Haití el hipocentro se localizó a 7 km de profundidad.

La intensidad de los terremotos se cuantifica mediante la Escala Sismológica de Richter, desarrollada por los sismólogos Charles Francis Richter, estadounidense, (1900-1985) y el alemán Beno Gutenberg (1889-1960). Esta escala va desde el grado -1,5 que corresponde a la energía liberada durante la ruptura de una roca en una mesa de laboratorio, hasta el grado 12 que equivaldría a la energía que se liberó durante el choque del meteorito que llevó a la extinción de los dinosaurios. El terremoto que asoló a Haití tuvo una intensidad de 7, mientras que el que sentimos en Bogotá en mayo de 2008 fue de 5,8 grados. Hasta ahora el más grande terremoto medido ocurrió en Valdivia, Chile, en 1960, con una intensidad de 9,6.

Esta es, grosso modo, la explicación de un movimiento telúrico. Pero hay fanáticos religiosos como el telepredicador Pat Robertson, importante figura de la ultraderecha norteamericana que se ha opuesto a la enseñanza de la teoría de la evolución, quien ha salido con la peregrina explicación de que el sismo en Haití se produjo como un castigo de Dios porque sus habitantes vendieron sus almas a Satán, para poderse liberar del dominio francés.

Lo que más aterra a los humanos son los efectos destructivos de un temblor de tierra; pero es necesario advertir que las consecuencias de las furias de la naturaleza están relacionadas con las condiciones económicas de quienes sufren sus embates, y casi siempre los que más las sufren son los más pobres. Así aconteció en la ciudad de Nueva Orleans con el huracán Katrina y así acaba de suceder en Haití. Este país tiene una larga historia social de gloria y de tragedia: Francia arrasó con los bosques naturales para sembrar grandes extensiones de caña de azúcar; en 1804 los esclavos traídos a la isla por sus amos franceses derrotaron a las encumbradas tropas de Napoleón y abolieron por primera vez en América el oprobioso régimen de la esclavitud. Pero la Europa racista y blanca no podía perdonar la osadía de unos esclavos negros que lucharon por su dignidad y le impuso a Haití el pago a Francia de una gigantesca indemnización. En el siglo XX la isla de Alexandre Pétion comenzó a sentir las garras del imperio norteamericano: los mariners la invadieron en 1915 y se fueron en 1934 cuando finalmente se cobraron las deudas del City Bank y eliminaron de la Constitución el mandato que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. En 2010 las tropas del imperio del norte la vuelven a invadir bajo el falaz argumento de la ayuda humanitaria.

Haití siempre obedeció a los mandatos del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional: desmanteló el Estado, eliminó todos los aranceles y subsidios que protegían su raquítica producción nacional y finalmente acabó con la producción de arroz, el cual importa todo de Estados Unidos. Sus campesinos ahora deambulan por las empobrecidas calles de Puerto Príncipe o intentan alcanzar las costas del “sueño americano” como balseros del Caribe.

Las placas tectónicas liberaron ingentes cantidades de energía en las entrañas de la Tierra, pero en la superficie de la isla donde Carpentier palpó lo real maravilloso, las potencias europeas y Estados Unidos, principalmente, crearon las condiciones para que hoy nos duela el cuadro dantesco de destrucción con más de 150.000 muertos. De modo que no fueron solamente las fuerzas de la naturaleza las que arrasaron la nación donde se habla creole, sino también el imperialismo norteamericano y los lacayos que por unas pocas monedas traicionaron la patria haitiana.

Newsletter Cedetrabajo

El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

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