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medicina
El País, de España, agosto 19 de 2015
Por: Javier Sampedro

Somos nosotros, las sociedades democráticas, quienes hemos decidido dejar la investigación farmacológica en manos del sector privado.

¿Una píldora que aumenta el deseo femenino? Bueno, es difícil estar en contra. Las mujeres que la tomen lo harán voluntariamente y con la esperanza de resolver lo que ellas mismas perciben como un problema, particularmente cuando se aproxima la menopausia. La pastilla no se toma como una droga recreativa, por ejemplo antes de darse un fiestón, sino de forma extendida en el tiempo, con respaldo médico y con toda clase de información sobre sus efectos secundarios e interacciones (en particular con el alcohol). Aparte de su nombre horrísono y antiestético –Addyi, ¿a quién se le ocurrió eso, por el amor de Dios?—, parece imposible encontrarle una pega, ¿no es cierto?

Pero, precisamente por eso, hay que reconocer el mérito a quienes critican la mal llamada viagra femenina, y también prestarles la debida atención. Los críticos dudan de la limpieza de la Big Pharma al desarrollar este fármaco, acusan a la FDA de haber cedido a sus presiones y creen que la nueva Addyi –¿cómo rayos se pronuncia eso?— tiene más de charanga política que de sinfonía sanitaria. La sexóloga Leonore Tiefer lo resume con eficacia: “Esto no es más que una mezcla de política, ciencia y dinero”.

Y sin duda tiene razón. Pero ¿qué nuevo fármaco no lo es? No ya la investigación de la Big Pharma, sino gran parte de la ciencia en su conjunto, es oportunista por naturaleza. Su objetivo directo no es responder las grandes preguntas de la humanidad, ni resolver sus peores problemas, sino hacer lo que se pueda en cada momento: lo que esté al alcance del (imperfecto) conocimiento de la época y de la (mejorable) tecnología actual.

Que las empresas farmacéuticas actúen para ganar dinero no es un argumento contra esta píldora, ni contra ninguna otra. Somos nosotros, las sociedades democráticas, quienes hemos decidido dejar la investigación farmacológica –una pata esencial de la medicina— en manos del sector privado, y quienes permitimos que la ciencia pública se marchite en un secarral de abulia social y cicatería financiera. Resolvamos esto primero y quejémonos después de que la Pharma gane dinero con la viagra femenina.

Las actividades de (parte de) las multinacionales farmacéuticas han sido muy discutibles en el pasado reciente, y deben seguir sometidas a un escrutinio minucioso, pero no por crear nuevas moléculas que pueden ayudar a muchas mujeres. Los problemas vienen cuando se adulteran los ensayos clínicos, cuando se paga a los médicos para que receten lo que no deben y cuando se cabildea en los altos despachos bajo un manto de sombra y opacidad.

Entretanto, bienvenido sea el deseo perdido.