La F.m. / 11-03-2016 Los resultados de la Gran Encuesta Colombia Opina dejan ver el pesimismo de los colombianos con el presidente, los diálogos de paz y, en general, con el rumbo del país en todos los aspectos. LA F.m., Noticias RCN, RCN Radio y la revista Semana presentan los resultados de La Gran Encuesta […]
La F.m. / 11-03-2016
Los resultados de la Gran Encuesta Colombia Opina dejan ver el pesimismo de los colombianos con el presidente, los diálogos de paz y, en general, con el rumbo del país en todos los aspectos.
LA F.m., Noticias RCN, RCN Radio y la revista Semana presentan los resultados de La Gran Encuesta Colombia Opina, la primera de 2016. De acuerdo con los resultados de Ipsos Napoleón Franco, el presidente Juan Manuel Santos cuenta con una desaprobación del 73 por ciento de los colombianos, frente a un 25 por ciento que aprueba su gestión y un 2 por ciento que no opina.
«Su imagen favorable descendió a su mínimo, con apenas un 25% de imagen favorable, siendo esta cifra más baja que la que tenía cuando enfrentó el paro agrario de septiembre de 2013, y el ataque guerrillero a soldados en el Cauca (que culminó con 11 de ellos muertos), de abril de 2015. Santos enfrenta las mayores pérdidas de popularidad entre los estratos bajos, los residentes en el suroriente y el caribe colombiano, los menores de 25 años y sus propios votantes en la segunda vuelta del año 2014. Un panorama muy similar se observa al pedirle a los colombianos que indiquen si están satisfechos con el trabajo de Santos como presidente de Colombia, y si piensan que ha cumplido sus promesas de campaña: sus cifras están en los mínimos históricos de su gobierno, en ambos casos con el 22%», señala la Gran Encuesta Colombia Opina.
«La primera medición del año 2016 de Colombia Opina muestra un panorama muy complejo: menos de una cuarta parte de los colombianos [23%] piensan que las cosas en el país van por buen camino, la cifra más baja que se ha observado en lo que lleva de gobierno el presidente Santos – al mismo nivel de la que se encontró en abril del año 2015, cuando la guerrilla de las Farc dieron muerte a 11 militares en el Cauca –. Esta vez, sin embargo, la causa del pesimismo sobre el rumbo del país es bien diferente, y la percepción sobre la situación económica parece ser la causa más importante ahora: 80% de los colombianos piensan que la economía nacional va mal o muy mal, y por primera vez desde abril de 2012, la situación económica es considerada como el principal problema del país, por encima de los problemas relacionados con la inseguridad [principalmente delincuencia común] que tradicionalmente han estado en el primer lugar de las preocupaciones de los colombianos», señala el informe.
Los resultados de la encuesta también dejan ver que el pesimismo frente a los
diálogos de paz con las Farc en La Habana sigue creciendo, llegando al 66%, una de las cifras más altas que se han visto, únicamente superada por el pesimismo que causó el asesinato por parte de las Farc de 11 militares en el Cauca, muy probablemente influenciado por el evento de la guerrilla en
Conejo (Guajira), que es percibido como un hecho negativo por 74% de los colombianos. Sin embargo, los colombianos sí apoyarían en las urnas lo acordado en la isla, de acuerdo los resultados.
«Aún así, la gran mayoría de colombianos (83%) piensa que la firma de la paz debe ser validada a través del voto popular, y en el caso de que sea convocado un plebiscito para refrendar la firma de la paz este obtendría un 33% de votos a favor, contra un 25% de votos en contra, y un 37% de abstención [5% responde que en este momento no sabe qué haría]; en cambio, el escenario de una Asamblea Constituyente es rechazado por la mayoría de entrevistados [53%], aunque una cifra importante [39%] estaría de acuerdo con este camino».A la pregunta «¿Usted piensa que las cosas en Colombia van por buen camino o por mal camino?» el 77 por ciento consideró que van mal, frente a un 23 por ciento que opina lo contrario. Respecto a la pregunta: «¿Cuál considera que son los problemas del país que más lo afecta a usted y a su familia?», los nacionales respondieron que el desempleo y la inseguridad, ambos con el 29 por ciento, se constituyen en los grandes problemas del país. El presidente Santos no tiene ningún indicador cuyo porcentaje favorable sea mayor al desfavorable. En todos pierde: vivienda, desempleo, salud, seguridad, economía, justicia, agro, apoyo a los campesinos, paz, educación, relaciones internacionales de Colombia.
Respecto a otros personajes, el expresidente Álvaro Uribe tiene un 48 por ciento de favorabilidad e igual porcentaje de desfavorabilidad, con 48 por ciento. Igual situación vive Germán Vargas Lleras, vicepresidente de la República, con 40 por ciento de favorabilidad e igual porcentaje de desfavorabilidad. Un 20 por ciento restante no responde. Enrique Peñalosa, alcalde de Bogotá, cuenta con 38 por ciento de favorabilidad, 45 de desfavorabilidad y 17 que no opina. Entre las instituciones, la Iglesia Católica es la mejor posicionada con 65 por ciento de aprobación.
El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.
Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.
Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.
El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.
Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.
La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.
A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.
Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.
La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.
Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.
Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.
La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.