1. Productividad: El Departamento Nacional de Planeación subestima las cifras de productividad para justificar una situación precaria a los trabajadores. Usando el modelo de Cobb Douglas, mide la productividad tomando la participación combinada del capital y del empleo en el producto (Productividad Total de los Factores, PTF), pero sin mediar la Productividad Media Laboral, (PML) […]
1. Productividad: El Departamento Nacional de Planeación subestima las cifras de productividad para justificar una situación precaria a los trabajadores. Usando el modelo de Cobb Douglas, mide la productividad tomando la participación combinada del capital y del empleo en el producto (Productividad Total de los Factores, PTF), pero sin mediar la Productividad Media Laboral, (PML) que es la generada exclusivamente por los trabajadores. En los últimos 11 años la PTF siempre ha sido menor que la PML y esta diferencia ha significado que el salario dejó de pagar 13,5 puntos porcentuales de productividad. En dinero son $ 1.077.588 por trabajador, unos $ 18 billones que todos los trabajadores han dejado de recibir en este periodo. Si se midiera bien el salario mínimo hoy sería de $ 823.893, no de $737.717 como es en la actualidad.
2. El salario mínimo colombiano es muy similar al salario medio: Contando con que tan solo el 49% de los ocupados son asalariados, la diferencia que existe entre salario mínimo y medio es muy pequeña. Así, un salario mínimo (USD 246) representa el 59% del salario medio (USD 420). Entre más alta esta cifra es peor, porque significa que el salario mínimo se parece mucho al salario medio de la población, es decir, que la mayoría de la población no gana más del mínimo. En Chile la brecha es de 36% y en México de 22$. En Francia es de 45% pero
ambos salarios son muy altos allí. El mínimo es USD 1600 y el medio es USD 3500.
3. Los trabajadores colombianos tienen bajo poder adquisitivo: El índice Big Mac, que mide cuántas hamburguesas de este tipo se pueden comprar con un salario mínimo, indican que en Colombia son 81 big mac. En México 67, en Chile 121 y en Francia 371, lo cual muestra que el salario mínimo en países como Colombia y México son bajos y no tienen alta capacidad de compra.
4. Los salarios son muy desiguales: para un trabajador que tiene 11 años de estudio su salario promedio es 70% más bajo que el de una persona que tiene 16 o más años de estudio ($2.196.000). La brecha es muy amplia.
5. Los empleos de Colombia son de poca capacitación: el 78% de los ocupados no tienen ningún título o máximo son bachilleres. Solo el 22% son técnicos o con estudios superiores y de estos solo el 3% tienen post-grado. Entre 2010 y 2016 el 10% de los nuevos ocupados tenían estudios superiores. La baja productividad tiene mucho que ver con que el Estado no hace lo suficiente para que su población se capacite adecuadamente. Menos con programas como Ser Pilo Paga.
6. La remuneración es muy baja: el 69% de los trabajadores en Colombia ganan entre 0 y 1,5 salario mínimos mensuales (entre $ 0 y $1.106.572). La capacidad de pago es muy baja y por eso no hay dinámica económica por el lado de la demanda. Por el lado de la oferta la política es la de los TLC y la extracción petrolera, así que tampoco hay aparato productivo.
7. La trampa de los inactivos: En Colombia hay 13.470.000 inactivos. Dentro de esta categoría existen 3.023.000 personas consideradas como “desempleados de alta temporalidad”, que no aparecen en las estadísticas de desempleo porque llevan más de 1 años sin encontrar trabajo. Si se sinceraran estas cifras, el desempleo sería de 20%.
8. La farsa de parecernos a la OCDE: Colombia busca hacer parte de este club de países ricos, pero sin parecerse. El salario medio de Colombia es USD 420, 8 veces menor al salario medio del promedio de países de la OCDE que es de USD 3.274.
9. El aumento del salario mínimo no genera inflación: No existe evidencia que apoye la idea de que aumentar el salario va a generar un aumento de la inflación. Tampoco que el aumento del consumo de los hogares lo haga. En los años en que más ha crecido el consumo de los hogares no hay correlación con la inflación. En 2006 el consumo de los hogares aumentó 6,40% y la inflación 4,48%. En 2007 el consumo aumentó 7,30% y la inflación 5,69%. Tampoco hay evidencia en otros países. En Chile en 2016 el salario creció 9,5% y la inflación 3,8%. En Perú en 2011 el salario creció 16,4% y la inflación 3,4%. En Francia en 2012 el salario creció 4,4% y la infla-
ción 1,95%.
10. Los supuestos empleos creados en el gobierno de Santos: Entre 2010 y 2016 se crearon 2.943.000 nuevos ocupados. No son empleados, sino ocupadas. El 97% de estos se crearon en el sector servicios y de estos el 57% lo hicieron en los sectores en donde la informalidad o el rebusque es en promedio de 67%: comercio, construcción y transporte.
Ñapa: la reforma tributaria de 2016 ha sacado de circulación de la economía $ 7 billones en un solo año, por cuenta del aumento de 3 puntos del IVA, un impuesto indirecto y regresivo por naturaleza. Estos recursos no circulan ni para el consumo de los hogares ni para la oferta de las empresas, sino en las arcas de un gobierno corrupto e ineficiente en el gasto público.
Documento completo:
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El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.
Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.
Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.
El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.
Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.
La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.
A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.
Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.
La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.
Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.
Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.
La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.