Por: Rafael Bachiller El Mundo (España), 10 de febrero de 2019 El pasado 29 de enero se celebró en París, por todo lo alto, la ceremonia de inauguración del Año Internacional de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos. Entre otras personalidades participó en el evento el Premio Nobel de Química 2016, Ben Feringa, quien […]
Por: Rafael Bachiller
El Mundo (España), 10 de febrero de 2019
El pasado 29 de enero se celebró en París, por todo lo alto, la ceremonia de inauguración del Año Internacional de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos. Entre otras personalidades participó en el evento el Premio Nobel de Química 2016, Ben Feringa, quien resaltó el papel jugado por la Tabla Periódica como parte del lenguaje científico universal que contribuye al progreso de la humanidad.
Predicciones Exitosas
La primera tabla periódica la elaboró el químico ruso Dmitri Mendeleiev en 1869. Se trataba de una ordenación, según el peso atómico -del más ligero al más pesado-, de los elementos en varios grupos en los que parecían repetirse las propiedades químicas de manera periódica. Hay que tener en cuenta que el electrón no se conocía aún y la estructura interna del átomo era un misterio.
A partir de esta ordenación y, más concretamente, de los huecos que quedaban en la tabla, Mendeleiev predijo la existencia de varios elementos que, aunque por entonces eran desconocidos, tendrían que existir para rellenar esos huecos. El genio ruso utilizó los prefijos eka-, dvi-, y tri- (del sánscrito: uno, dos y tres) para designar a los elementos que debían situarse uno, dos o tres lugares por debajo de un elemento conocido de la tabla.
Tales elementos fueron descubriéndose pocos años después y designados con nuevos nombres. Así el eka-boro predicho por Mendeleiev resultó ser el escandio; el eka-alumino el galio; el eka-manganeso el tecnecio; y el eka-silicio el germanio. La identificación de tales elementos constituyó un éxito espectacular para Mendeleiev y su tabla, que de esta manera entraron por la puerta grande en la Historia de la Ciencia.
Del cosmos a nuestros cuerpos
El origen en el universo de los elementos de la tabla periódica se comprende muy bien, éste es uno de los mayores logros de la astrofísica del siglo pasado.
En el Big Bang, tan solo se formaron partículas muy elementales que, al cabo de tres minutos, formaron los átomos más ligeros: el hidrógeno, el helio y pequeñas cantidades de litio. El resto de los elementos se han ido formando en los astros por diferentes procesos nucleares. Por ejemplo, en el interior de las estrellas, dos núcleos de hidrógeno fusionan para formar helio y tres de helio para formar carbono.
Reacciones nucleares con carbono forman magnesio, sodio y oxígeno, y la combustión nuclear del oxígeno da lugar al silicio, el azufre y otros elementos. Mediante este tipo de procesos se llegan a formar muchos elementos cuyo número atómico no supera al del hierro y el níquel. El cobalto, el cobre, el zinc y muchos otros se forman en las explosiones de supernova. Otros elementos más pesados aún, como la plata el oro, el plomo, el radio y el uranio, se forman en las colisiones entre estrellas de neutrones, cuando un núcleo va atrapando neutrones para formar elementos progresivamente más pesados.
En el día de hoy, cuando han transcurrido 13.800 millones de años tras el Big Bang, la materia atómica del universo está constituida (en porcentajes de masa) por 70% de hidrógeno, 28 % de helio y tan solo un 2 % de todos los otros elementos: Es decir, los átomos complejos y algunos de los ligeros son muy raros en el universo.
Si nos fijamos en el cuerpo humano, seis de cada 10 átomos son hidrógeno y, por tanto, proceden directamente del Big Bang. El carbono de nuestro ADN, el oxígeno de nuestros músculos y el hierro de nuestra sangre se han creado en las estrellas. En definitivas cuentas, la composición de nuestro cuerpo está escrita la historia del universo.
150 aniversario
Para conmemorar la elaboración de aquella primera tabla periódica en su 150 aniversario, la Asamblea General de las Naciones Unidas y la Unesco proclamaron 2019 como Año Internacional de la Tabla Periódica, así que durante este año se multiplicarán los eventos que celebren las propiedades sorprendentes de esta tabla que ha pasado a ser un icono de la ciencia, una ilustración de su lenguaje universal y una expresión del orden químico que reina en el cosmos.
Rafael Bachiller es astrónomo y director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN).
El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.
Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.
Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.
El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.
Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.
La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.
A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.
Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.
La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.
Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.
Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.
La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.