Al paso de equívocos y conatos

Oct 3, 2013

Abdón Espinosa Valderrama La experiencia con los paros anteriores invita a no mirar desdeñosamente sus conatos y a no poner oídos sordos a recla- maciones y cuestiona- mientos.  Leemos en Portafolio que el Presidente de la República y varios ministros se reunirían para hacer un balance de los compromisos que permitieron el levantamiento de las […]

Abdón Espinosa Valderrama

La experiencia con los paros anteriores invita a no mirar desdeñosamente sus conatos y a no poner oídos sordos a recla- maciones y cuestiona- mientos.

 Leemos en Portafolio que el Presidente de la República y varios ministros se reunirían para hacer un balance de los compromisos que permitieron el levantamiento de las protestas en los ramos del agro, la minería y el transporte.Tal repaso se había vuelto indispensable, siquiera fuera para disipar los temores suscitados por versiones absolutamente adversas. Como, por ejemplo, la de que los tratados de libre comercio habían tenido su antesala o preludio en la devastadora apertura hacia adentro de los años noventa.

En lugar de dar explicaciones satisfactorias a los campesinos, que alegan no estar preparados para competir con las grandes potencias, se les repuso tácitamente con la celebración de los relacionados con la Alianza Pacífica, sin absolver interrogantes y reparos sobre el alcance de algunas de sus disposiciones. El equívoco de la similitud entre lo que fue imposición unilateral a cambio del otorgamiento de empréstitos y la negociación bilateral mucho daño hace a las conclusiones de esta en cuanto se homologan negociaciones diferentes y se suscita la sospecha de que los resultados pueden haber sido iguales.

Los campesinos seguramente no han olvidado los estragos de la desdichada apertura hacia adentro que ocasionó la pérdida de un millón de hectáreas sembradas y la supresión de instituciones de apoyo, fomento y renovación técnica. Como tampoco los industriales deben de haber borrado de la memoria la desaparición de fábricas metalmecánicas y de organismos como el simbólico Fondo de Fomento Industrial, creado en medio de las penurias de la Segunda Guerra Mundial para promover la industrialización con capacidad de dar empleo remunerativo y estable y de atender tanto al mercado interno como al internacional. Todo ello se trocó por la facilidad y la rentabilidad de importar.

Es explicable que los promotores de la apertura hacia adentro sostengan que ella y la actual de los tratados de libre comercio se enmarcan en la misma filosofía y persiguen los mismos objetivos. Pero cabe insistir en que las circunstancias no podían ser más distintas y en que ninguna de las dos puede escudarse en la idea de la modernidad o de la moda. En estas materias, suele prevalecer en todas las partes el pragmatismo. Por tanto, es menester ver qué las favorece y qué las perjudica, cuáles son los plazos de desgravación y cuáles las salvaguardias específicas.

Subrayemos que en esta ocasión ha faltado mucha pedagogía. Tantas observaciones y preguntas como se formularon al calor de los paros han debido ser absueltas, con las cartas sobre la mesa. Porque presumiblemente en el Gobierno se compartía la idea de que los campesinos colombianos no se hallan en condiciones de competir con los productores de las grandes potencias, dados sus subsidios privilegiados y su alta tecnología, debieron de buscarse compensaciones o amortiguaciones en los textos de los tratados. Entre otros, largos plazos de desgravación y salvaguardias. ¿Cuáles? Es lo que falta decir detalladamente, al concluir, por lo pronto, esta etapa de prisa y multiplicidad en la firma de TLC.

La experiencia con los paros anteriores invita a no mirar desdeñosamente sus conatos y a no poner oídos sordos a reclamaciones y cuestionamientos. A no dejarse llevar por la arrogancia, sino a revestirse de paciencia para atender quejas y solicitudes razonables y razonadas.

Gratitud perenne

La que he contraído con la Academia Colombiana de Ciencias Económicas, por los homenajes abrumadoramente generosos, cerebrales y emotivos a la par, con los que ha querido honrarme, así como con sus directivos y miembros y con los expositores y asistentes a los diversos actos.

Abdón Espinosa Valderrama

Newsletter Cedetrabajo

El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

Publicaciones Relacionadas