Entre los temas de la agenda económica que figuran como los más esperados por los colombianos para su abordaje en la recién electa instancia legislativa, figuran reformas en manera agraria, tributaria y pensional para dinamizar y diversificar la economía colombiana de cara a los desafíos económicos que plantean los nuevos tiempos. Carlos Arias, docente de […]
Entre los temas de la agenda económica que figuran como los más esperados por los colombianos para su abordaje en la recién electa instancia legislativa, figuran reformas en manera agraria, tributaria y pensional para dinamizar y diversificar la economía colombiana de cara a los desafíos económicos que plantean los nuevos tiempos.
Carlos Arias, docente de la maestría de comunicación política de la Universidad Externado de Colombia opina que “El mayor encargo que le queda al próximo Congreso es la implementación de una reforma económica basada en la tierra y todos los demás temas que están asociados a la implementación de los acuerdos de paz (…) Creo que esos serán los puntos más ‘calientes’ que debe tratar el nuevo congreso”. Dijo.
Por su parte, el economista Mario Alejandro Valencia, director de Cedetrabajo y vocero de la Red por la Justicia Tributaria en Colombia, el nuevo Congreso tiene tres tareas urgentes por resolver. La primera en materia de política fiscal, ya que él considera que el próximo gobierno tiene que presentar una reforma pensional y una reforma tributaria “Está demostrado por los hechos y por las cifras que los Tratados de Libre Comercio (TLC) fueron un fracaso y el próximo Congreso tendrá que exigirle al gobierno una evaluación y una revisión de estos acuerdos”, agrega a propósito de la firma del país neogranadino del acuerdo del Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico Asia-Las américas CPTPP-11, el pasado jueves en Santiago de Chile; del mismo modo se refirió a la posición del gobierno colombiano y sus instituciones en lo referente a las negociaciones de exclusión en cuanto a los aranceles a ser aplicados en el acero y aluminio por el gobierno de Donald Trump en su próxima visita al presidente Juan Manuel Santos, tras acudir a la próxima Cumbre de las Américas.
Finalmente, Valencia apunta a una reforma productiva que le apueste al desarrollo industrial y manufacturero del país es en materia comercial.
Tomado de: Finanzas Pedro Luis Martín Olivares
El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.
Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.
Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.
El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.
Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.
La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.
A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.
Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.
La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.
Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.
Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.
La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.