La importancia de Einstein

Nov 9, 2015

Por: Brian Greene* / Investigación y Ciencia, noviembre de 2015, N0 470 Los frutos de una sola mente han moldeado la civilización más de lo que parece posible. Albert Einstein dijo […]

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Por: Brian Greene* / Investigación y Ciencia, noviembre de 2015, N0 470

Los frutos de una sola mente han moldeado la civilización más de lo que parece posible.

Albert Einstein dijo una vez que solo dos cosas podían ser infinitas: el universo y la estupidez humana. Y —añadió— en lo referente al universo no estaba seguro.

Al oír esto solemos reír entre dientes, o al menos sonreír. No nos ofende. Ello se debe a que el nombre de Einstein evoca la imagen de un sabio de otra época, entrañable y cálido. Vemos al genio científico bondadoso, de pelo enloquecido, cuyos icónicos retratos (montando en bicicleta, sacando la lengua o mirándonos con ojos penetrantes) se encuentran vivamente grabados en nuestra memoria cultural colectiva. Einstein se ha convertido en el símbolo de la pureza y el poder de la exploración científica.

Para la comunidad científica, Einstein saltó a la fama en 1905, su annus mirabilis. En Berna, en los ratos libres que le dejaba su trabajo de ocho horas al día y seis días a la semana en la oficina de patentes suiza, escribió cuatro artículos que cambiarían el rumbo de la física. En marzo de ese año argumentó que la luz, descrita hasta entonces como una onda, se componía en realidad de partículas (hoy llamadas fotones), una idea que supuso el pistoletazo de salida para la mecánica cuántica. Dos meses después sus cálculos ofrecieron predicciones comprobables de la hipótesis atómica; estas se vieron confirmadas experimentalmente más tarde, lo que corroboró la idea de que la materia se componía de átomos. En junio completó la teoría especial de la relatividad, la cual implicaba que el espacio y el tiempo se comportaban como nunca nadie había imaginado; en esencia, que las distancias, velocidades y duraciones dependían del observador. Y, en septiembre, derivó una consecuencia de la relatividad especial que acabaría por convertirse en la ecuación más famosa del mundo: E = mc2.

La ciencia suele progresar poco a poco. Las contribuciones que alertan de que se avecina una convulsión radical no se suceden con frecuencia. Pero, en esa ocasión, un solo hombre hizo que los timbres sonasen cuatro veces en un solo año; un asombroso aluvión de intuición creativa. Casi de inmediato, los círculos científicos dominantes entendieron que aquellos trabajos estaban agitando los fundamentos de la realidad. Pero, para el público general, Einstein no era todavía Einstein.

Eso cambió el 6 de noviembre de 1919. La relatividad especial había establecido que nada podía viajar más rápido que la luz. El enfrentamiento con la teoría de la gravedad de Newton estaba servido, ya que en ella la atracción gravitatoria ejercía su influencia a través del espacio de manera instantánea. Motivado por esa amenazante contradicción, Einstein procedió sin miramientos a reescribir las reglas centenarias de la gravedad newtoniana, una tarea abrumadora que incluso sus más fervientes defensores consideraron quijotesca. Max Planck, el decano de la ciencia alemana, clamó: «Como viejo amigo suyo, debo aconsejarle en contra. […] No lo logrará. Y, aunque lo lograse, nadie le creería». Como alguien que nunca cede ante la autoridad, Einstein obvió la advertencia. Y siguió haciéndolo durante casi una década.

Por fin, en 1915 anunció la teoría general de la relatividad. Esta reformulaba la gravedad basándose en una nueva y asombrosa noción: que el espacio y el tiempo se deforman y se curvan. No es que la Tierra aprese la taza que resbala de nuestra mano y tire de ella hasta llevarla a un prematuro fin en el suelo. Antes bien, el planeta comba el entorno circundante y hace que la taza se deslice a lo largo de una rampa espaciotemporal que la dirige hacia el suelo. La gravedad, proclamó Einstein, se encuentra tallada en la geometría del universo.

En los cien años que han pasado desde entonces, físicos e historiadores han ido componiendo pieza a pieza un relato coherente pero complejo de su génesis. En alguno de mis escritos para el gran público he tenido el placer de trazar el ascenso de Einstein, desde unas elegantes maniobras y unos pasos en falso hasta la cima final. Lejos de desmitificar sus saltos creativos, examinar con detenimiento aquel proceso solo añade más brillo a la extraordinaria novedad y abrumadora belleza de su propuesta.

El 6 de noviembre de 1919, cuatro años después de completar la relatividad general, numerosos periódicos de todo el mundo anunciaron con entusiasmo las recién publicadas mediciones astronómicas que establecían que las posiciones de las estrellas eran ligeramente diferentes de lo que predecían las leyes de Newton. Los resultados confirmaron triunfalmente la teoría de Einstein y, de la noche a la mañana, lo convirtieron en un icono: el hombre que derrocó a Newton y que, en el camino, situó a la humanidad un paso de gigante más cerca de las verdades eternas de la naturaleza.

Pero, además, Einstein era perfecto para la prensa. Aunque bizquease ante los focos y de labios afuera expresara un ardiente deseo de soledad, sabía cómo atraer el interés del mundo hacia sus misteriosos pero trascendentales dominios. Soltaba frases ingeniosas («Soy un pacifista militante») y gozaba interpretando el papel del genio de genios desconcertado. En el estreno de Luces de la ciudad, mientras las cámaras disparaban sobre la alfombra roja, Charlie Chaplin le susurró a Einstein algo así como: «La gente me aclama porque todos me entienden, y a usted, porque no le entiende nadie». A Einstein le sentaba bien aquel papel. Y el público, harto de la Primera Guerra Mundial, le recibió con los brazos abiertos.

Mientras Einstein planeaba sobre la sociedad, sus ideas sobre la relatividad, al menos en su versión más ampliamente divulgada, parecían concordar con otras convulsiones culturales. Si James Joyce y T. S. Eliot astillaban la frase, Pablo Picasso y Marcel Duchamp escindían el lienzo, y Arnold Schoenberg e Igor Stravinski hacían añicos la escala, Einstein rompió las amarras que hasta entonces habían atado el espacio y el tiempo a los modelos obsoletos de la realidad.

Algunos han ido más lejos y han presentado a Einstein como la inspiración central del movimiento vanguardista del siglo XX, el manantial científico que obligó a repensar la cultura. Aunque resulta romántico creer que las verdades de la naturaleza generaron una ola que barrió los polvorientos vestigios de una cultura atrincherada, nunca he encontrado pruebas convincentes que unan esas convulsiones a la ciencia de Einstein. Una interpretación errónea pero muy extendida de la relatividad —que elimina toda verdad objetiva— ha sido la responsable de que, numerosas veces, el ámbito de la cultura haya evocado de manera injustificada las teorías del físico alemán. Curiosamente, los gustos del propio Einstein eran poco originales: prefería a Bach y a Mozart antes que a los compositores modernos y renunció al regalo de un mobiliario de la Bauhaus porque le agradaba más el clásico y manido que ya poseía.

Con todo, es justo decir que a principios del siglo XX no faltaron las ideas revolucionarias, muchas de las cuales sin duda se entremezclaron. Y que, por supuesto, Einstein fue un gran ejemplo de cómo el abandono de las premisas tradicionales permite descubrir paisajes nuevos y arrebatadores.

Un siglo después, los paisajes revelados por Einstein siguen siendo sorprendentemente vibrantes y fértiles. De la relatividad general nació en los años veinte la cosmología moderna, el estudio del origen y la evolución del universo como un todo. Sin que mediara relación entre ellos, el matemático ruso Aleksandr Friedmann y el físico y sacerdote belga Georges Lemaître se valieron de las ecuaciones de Einstein para deducir la expansión del universo. En un principio Einstein se resistió a aceptarla, e incluso modificó sus ecuaciones a fin de que diesen cabida a un universo estático, para lo cual introdujo la vituperada constante cosmológica. Sin embargo, las observaciones posteriores de Edwin Hubble demostraron que las galaxias se alejaban unas de otras, tras lo cual Einstein recuperó sus ecuaciones originales y aceptó que el universo se hinchaba. Sin embargo, que el cosmos se expandiese significaba que en el pasado tuvo que ser cada vez menor, lo que implicaba que tuvo que partir de una mota primordial, un «átomo primigenio», como lo llamó Lemaître. Así nació la teoría de la gran explosión.

En los años que han pasado desde entonces, la teoría de la gran explosión se ha desarrollado de manera sustancial (hoy la versión más aceptada incorpora la hipótesis de la inflación cósmica) y, gracias a diversas mejoras, ha superado todo un abanico de pruebas observacionales. Una de ellas, que en 2011 sería reconocida con el premio Nobel de física, mostró que en los últimos 7000 millones de años el universo no solo se ha estado expandiendo, sino que lo ha hecho de forma acelerada. ¿La mejor explicación? Una gran explosión ampliada con una versión de la constante cosmológica que Einstein acabó desechando. ¿La lección? Tras esperar lo suficiente, incluso algunas de sus ideas que se juzgaron equivocadas acabarían resultando correctas.

Otra de las grandes consecuencias de la relatividad general había sido derivada aún antes, en un análisis efectuado por el astrónomo alemán Karl Schwarzschild en el frente ruso durante la Primera Guerra Mundial. En los momentos en que no estaba calculando trayectorias balísticas para la artillería, Schwarzschild dedujo la primera solución exacta de las ecuaciones de Einstein. Esta describía la manera en que un cuerpo esférico, como el Sol, deformaba el espaciotiempo circundante. Como producto secundario, aquel resultado reveló algo peculiar: si un objeto cualquiera se comprime lo suficiente (en el caso del Sol, haría falta convertirlo en una esfera de unos tres kilómetros de radio), el espaciotiempo en sus inmediaciones se deformará hasta tal punto que cualquier cosa que se aproxime demasiado, incluso la luz, quedará atrapada. En lenguaje moderno, la solución de Schwarzschild mostró la posibilidad de que existiesen los agujeros negros.

En su momento la idea se consideró descabellada, una rareza matemática que muchos vaticinaron irrelevante para describir la realidad física. Pero son las observaciones, y no las expectativas, las que dictan qué es cierto y qué no. Hoy los datos astronómicos han establecido que los agujeros negros existen y abundan en el universo. Se encuentran demasiado lejos para que, al menos por ahora, podamos estudiarlos por medios directos, pero como laboratorios teóricos resultan indispensables. Desde que Stephen Hawking efectuase sus influyentes cálculos en los años setenta, los físicos se han ido convenciendo cada vez más de que la naturaleza extrema de los agujeros negros hace de ellos un campo de pruebas idóneo para ir más allá de la relatividad general y, en particular, para fusionarla con la mecánica cuántica. De hecho, uno de los debates más vivos de la física teórica actual versa sobre cómo deberíamos interpretar la frontera de un agujero negro (el horizonte de sucesos) y su interior a la luz de la mecánica cuántica.

Todo lo anterior demuestra que las razones para celebrar cien años de relatividad general van mucho más allá del interés histórico. La teoría de Einstein se encuentra estrechamente entretejida con las investigaciones más innovadoras de la física actual.

¿Cómo lo hizo Einstein? ¿Cómo logró tantas aportaciones de una importancia tan duradera? Aunque cabe descartar que el físico alemán fuese el inspirador del cubismo o de la música atonal, Einstein es la razón por la que hoy somos capaces de imaginar que alguien, en la privacidad de su mente y mediante un gran esfuerzo del pensamiento, pueda descubrir verdades cósmicas. Como científico Einstein fue sociable, pero sus grandes logros llegaron en solitarios momentos de inspiración. ¿Se debieron esas intuiciones a que su cerebro gozaba de una arquitectura poco común? ¿A una perspectiva inconformista? ¿A una tenaz e intransigente capacidad de centrarse en un problema? Quizá. Sí. Probablemente. Por supuesto, no lo sabemos. Podemos especular tanto como queramos sobre cómo alguien pudo llegar a tal o cual idea, pero lo cierto es que la intuición y el pensamiento están moldeados por influencias demasiado numerosas para poder analizarlas.

Si prescindimos de las hipérboles, lo mejor que podemos decir es que Einstein tenía la mente adecuada y vivió en el momento idóneo para abordar una serie de problemas físicos de gran profundidad. Sus numerosas pero relativamente modestas contribuciones en las décadas que siguieron al descubrimiento de la relatividad general dan a entender que, después, la oportunidad de ese particular nexo intelectual que puso al servicio de la física había pasado.

A la vista de todos sus logros y de su incesante legado, nos sentimos impelidos a considerar otra pregunta especulativa: ¿habrá algún día otro Einstein? Si nos referimos a otro supergenio que haga avanzar la ciencia a pasos agigantados, la respuesta es con toda seguridad afirmativa. En el medio siglo posterior a su muerte ha habido, sin duda, científicos de esa naturaleza. Pero si nos referimos a un supergenio admirado no por sus logros en el deporte o en el espectáculo, sino como apasionante ejemplo de lo que puede lograr la mente humana, entonces la pregunta habremos de hacérnosla a nosotros mismos. La respuesta dependerá de qué atributos juzgue nuestra civilización como más queridos.

*Físico estadounidense, profesor de la Universidad de Columbia, autor del libro El universo elegante.

Introducción

La segregación residencial es uno de los rasgos más persistentes en la configuración de las ciudades latinoamericanas. Bogotá se caracteriza por un orden residencial particularmente nítido, donde la localización del lugar de residencia de los hogares está estrechamente asociada a la posición socioeconómica (Alfonso, 2023a).

Tradicionalmente, el análisis de la segregación se ha centrado en indicadores objetivos como la localización de la población, la densidad o la distribución de ingresos. Partiendo de estos análisis que confirman la existencia de este fenómeno en la metrópoli nacional, se busca avanzar en la comprensión de cómo las desigualdades urbanas se traducen en la experiencia cotidiana de los habitantes. La forma en que las personas perciben su entorno ofrece una aproximación directa a cómo la estructura urbana condiciona la vida diaria (Guzman et al., 2025).

El presente documento de trabajo analiza la segregación residencial en Bogotá desde el punto de vista de las percepciones. Después de ofrecer una breve explicación sobre el concepto de segregación residencial y referenciar algunas mediciones existentes para Bogotá. Se examina a nivel de Unidades de Planeación Local (UPL), a partir de la Encuesta Distrital de Percepción (2025), el contexto socioeconómico de Bogotá. Luego se explora la relación entre la estructura de ingresos y la calificación al acceso a salud, educación, oportunidades laborales y espacios culturales. Finalmente se muestra la percepción de dos de sus principales estragos: el hambre y la movilidad. El análisis busca evidenciar que la segregación residencial también configura experiencias urbanas desiguales.

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1.     Segregación Residencial en Bogotá

La segregación residencial se define como un fenómeno socioespacial caracterizado por la distribución desigual de diversos grupos de población en el territorio urbano, manifestada a través de la proximidad física entre viviendas de grupos similares y la homogeneidad social de zonas específicas (J. M. Mayorga, 2019). Este fenómeno ha sido ampliamente abordado en la literatura urbana como un elemento estructurante del espacio de las metrópolis latinoamericanas, que hace referencia a la separación y a la acción de separar (Oberti & Préteceille, 2018).

Una de las primeras definiciones explícitas fue propuesta por White (1983), quien la describió como la “distribución desigual de los grupos sociales en el espacio físico”. Posteriormente, esta aproximación se profundizó al definirla como el “grado en que dos o más grupos viven separados unos de otros en diferentes partes del medio urbano” (Massey & Denton, 1988). Este enfoque fue el primero en ofrecer una metodología de medición de la segregación a partir de dimensiones como la uniformidad, exposición, concentración, centralización y agrupamiento.

Desde una perspectiva latinoamericana, Francisco Sabatini (2006) identifica tres dimensiones: la concentración espacial de los grupos sociales, la homogeneidad social de los vecindarios y el prestigio o desprestigio social de los barrios.

Desde un enfoque estructural, la segregación no se limita a describir un estado de separación, sino que se entiende como el resultado de dinámicas propias del modo de producción dominante. En este sentido, constituye una acción de separar en la que intervienen activamente grupos segregadores y segregados (Abramo, 2011; Alfonso, 2005; Oberti & Préteceille, 2018; Ruiz-Tagle, 2016).

En las metrópolis latinoamericanas, la segregación residencial opera como la principal variable de ajuste espacial del mercado de vivienda (Osorio, 2024). En este proceso interviene la renta de monopolio de segregación, entendido como el sobrecosto o “impuesto privado” que pagan las clases altas para garantizar la exclusividad y excluir a otros grupos sociales de sus vecindarios (Jaramillo, 2009).

Hombre pobre sentado frente a la Catedral Primada de Colombia

En Bogotá, este fenómeno presenta una configuración particularmente nítida en comparación con otras ciudades de la región, caracterizándose por la claridad de su orden residencial segregado (Alfonso, 2023a). Uno de sus rasgos más evidentes es la dualidad norte-sur: las clases altas se concentran en el norte y nororiente, en sectores como El Refugio, Chicó Lago, Santa Bárbara y Country Club, mientras que las clases populares se ubican principalmente en el sur y suroccidente, en localidades como Bosa, Ciudad Bolívar y Usme. La clase media, por su parte, se localiza predominantemente en un eje hacia el occidente y centro-occidente de la ciudad, en zonas como Teusaquillo y Galerías (Ibid).

Este patrón no es aleatorio, sino que responde a una segmentación del mercado de vivienda, el cual se encuentra dividido en 12 segmentos que van desde la vivienda informal hasta desarrollos de alta gama para las élites. Los productores inmobiliarios utilizan esta estructura para orientar sus decisiones de localización, reforzando así la segregación existente (Alfonso, 2023b).

Las desigualdades también se evidencian en los diferenciales de densidad urbana. Mientras vecindarios de altos ingresos como Chicó Lago presentan densidades inferiores a las recomendadas (0,7 veces), sectores populares como Diana Turbay alcanzan niveles críticos, llegando a 7,8 veces lo óptimo (Alfonso, 2023a).

En términos de medición, diversas metodologías han permitido cuantificar la magnitud de este fenómeno en la ciudad. Entre las principales se encuentran:

Índices de segregación por clases sociales (ISP, ISM, ISA): Propuestos por Alfonso (2023a), estos indicadores capturan el confinamiento de las clases sociales a nivel de UPZ a partir de variables como la posición ocupacional y el nivel educativo.

  • Clase popular (ISP): presenta un rango de 6,7 puntos, con La Flora como la zona más segregada (6,8) y Los Cedros como la menos segregada (0,1).
  • Clase media (ISM): registra un rango de 12,0 puntos, alcanzando su valor máximo en Parque Simón Bolívar – CAN y La Esmeralda (12,2).
  • Clase alta (ISA): muestra un rango de 5,5 puntos, siendo Ciudad Salitre Occidental el vecindario más exclusivo (5,5).

Índice de interacción o exposición: Mayorga et al (2020) estiman que la probabilidad de interacción entre clases es extremadamente baja. Un individuo de clase alta tiene una probabilidad de 0,004 de interactuar con uno de clase baja, mientras que en sentido inverso esta probabilidad es de 0,042.

Índice de disimilitud (Duncan): Duarte Mayorga et al (2013) calcularon un valor de 0,55 para Bogotá, indicando un alto nivel de segregación.

Densidad poblacional crítica: Sectores populares como Diana Turbay (7,8 veces), Patio Bonito (5 veces) y Bosa Occidental (47.643 hab/km²) concentran una sobreocupación severa, mientras zonas de altos ingresos como Chicó Lago (0,7) y Country Club (1,1) mantienen baja densidad, evidenciando que el 77,8% de las UPZ residenciales superan el umbral óptimo y consolidan un patrón de hacinamiento estructural en las clases populares (Alfonso, 2023a).

Estas configuraciones espaciales tienen efectos sociales profundos. La segregación genera “estragos” en las condiciones de vida de la población, tales como el hambre, el hacinamiento, la precariedad en la movilidad cotidiana y el empobrecimiento patrimonial de los hogares populares (Alfonso, 2023a; Alfonso & Osorio, 2025; J. Mayorga et al., 2017; J. M. Mayorga & Ortiz, 2020; Osorio, 2024).

Viviendas coloridas en ladera popular de Bogotá

2.     Metodología

Este documento se basa en el análisis de la Encuesta Distrital de Percepción (EDP) 2025, la cual cuenta con un diseño muestral amplio que permite realizar inferencias sobre las condiciones y percepciones de los hogares en Bogotá. Si bien en este ejercicio no se desarrollan estimaciones inferenciales, la representatividad de la encuesta permite identificar patrones territoriales robustos en la distribución de condiciones materiales y percepciones a nivel de UPL.

El análisis se estructura en tres momentos. En primer lugar, se presenta un contexto socioeconómico general de la ciudad a partir de la distribución de ingresos, la pobreza subjetiva y el estrato como proxy del acceso a servicios públicos a nivel de UPL. Este paso permite establecer la base material sobre la cual se configuran las desigualdades urbanas.

En segundo lugar, se examina la relación entre el nivel de ingresos y el acceso a servicios urbanos. Específicamente, se analiza cómo varía el acceso a salud, educación, oferta cultural y oportunidades de empleo en función del porcentaje de hogares con ingresos inferiores a 2 SMMLV. El objetivo es identificar si existen patrones territoriales consistentes con el orden residencial segregado de la ciudad.

Finalmente, el análisis se enfoca en la dimensión subjetiva de la segregación, explorando la satisfacción de los hogares a partir de dos de sus principales “estragos”: el hambre y la movilidad cotidiana. Estos elementos permiten aproximarse a cómo las desigualdades estructurales se traducen en experiencias concretas de privación y limitación de oportunidades en la vida diaria.

Edificios residenciales de ladrillo en barrio de altos ingresos

3.     Condiciones socioeconómicas en Bogotá

En el caso de Bogotá, y posiblemente en otras ciudades latinoamericanas con altos niveles de segregación, la desigualdad urbana no solo estructura el territorio, sino también la forma en que este es percibido y experimentado. Las personas no nombran directamente la segregación, pero sí la viven y la interpretan mediante atributos como la seguridad, la belleza, la comodidad o la funcionalidad de los entornos que habitan. Cuando se analizan de forma sistemática las percepciones sobre el entorno construido, emerge con claridad que estas están profundamente determinadas por la estructura socioeconómica de la ciudad (Guzman et al., 2025).

En la Figura 1 se observa la distribución de los ingresos en Bogotá, evidenciando una estructura marcadamente concentrada en los tramos bajos y medios. El PIB per cápita de la ciudad se sitúa en aproximadamente USD 15.000 (DANE, 2024), cifra significativamente inferior a la de otras metrópolis del mundo como Nueva York (USD 110.000), Berlín (USD 70.000) y Beijing (USD 33.000), lo que da cuenta de una brecha sustantiva en términos de capacidad económica.

Figura 1
Gráfico de distribución de ingresos por UPL en Bogotá

No sé observa ninguna UPL en la que no se registren hogares con ingresos inferiores a un salario mínimo. En términos de distribución, el 16% de los hogares reporta ingresos por debajo de un salario mínimo, el 55,7% se ubica entre 1 y 2 salarios mínimos, el 19,7% entre 2 y 4 salarios mínimos, y apenas el 8,7% supera los 4 salarios mínimos. Esta estructura se expresa espacialmente en la concentración de los hogares de menores ingresos en las UPL Lucero, Usme–Entrenubes, Arborizadora, Tibabuyes y Centro Histórico, mientras que los hogares de mayores ingresos se localizan principalmente en Niza, Salitre, Chapinero y Usaquén.

Figura 2
Gráfico de pobreza subjetiva por UPL en Bogotá

La Figura 2 muestra la distribución de la pobreza subjetiva en Bogotá, evidenciando que el 16% de los hogares se autoidentifica como pobre. Este indicador permite captar dimensiones no monetarias del bienestar y percepciones asociadas a las condiciones de vida. A nivel territorial, la mayor concentración de hogares que se consideran pobres se ubica en las UPL de Lucero, Arborizadora, Torca, Usme–Entrenubes y Rafael Uribe.

Figura 3
Gráfico de estratos socioeconómicos por UPL en Bogotá

La Figura 3 presenta la distribución de los estratos socioeconómicos según la clasificación de los servicios públicos. Si bien este indicador tiene limitaciones como proxy del estatus socioeconómico, llama la atención que en el 16% de las UPL se registran hogares que reportan no tener acceso a servicios públicos, particularmente en Lucero, Centro Histórico, Bosa, Tibabuyes y Niza.

4.     Desigualdad en la percepción del acceso a servicios urbanos según nivel de ingresos

Una vez establecida la estructura socioeconómica de la ciudad, se procede a analizar cómo esta se traduce en el acceso percibido a los servicios urbanos. En este sentido, se examina la relación entre el porcentaje de hogares con ingresos inferiores a 2 SMMLV y los niveles de acceso reportados, con el fin de identificar patrones territoriales consistentes con el orden residencial segregado de Bogotá.

Figura 4
El gráfico compara estratos por UPL y permite observar concentración de estratos bajos en el sur y suroccidente.

En la Figura 4 se observa que a medida que aumenta el porcentaje de hogares con ingresos inferiores a 2 SMMLV en cada UPL, el puntaje promedio de acceso a servicios de salud disminuye de forma sostenida, evidenciando una relación clara entre condiciones económicas y capacidad efectiva de acceso. Este comportamiento se organiza espacialmente en un patrón de segregación territorial marcado, donde las zonas se agrupan de manera consistente según su nivel socioeconómico.

Se identifican territorios con alta satisfacción en el acceso a salud tales como Usaquén, Salitre y Niza, que corresponden a áreas de mayores ingresos; un grupo intermedio conformado por Engativá, Kennedy y Fontibón; y, finalmente, UPL con rezagos significativos como Bosa, Lucero, Arborizadora y Patio Bonito.

Figura 5
Gráfico relaciona ingresos bajos y oportunidades laborales por UPL

A medida que aumenta el porcentaje de hogares con ingresos inferiores a 2 SMMLV, el puntaje de acceso a oportunidades laborales disminuye de forma sostenida, evidenciando una relación negativa entre condiciones económicas y acceso percibido al empleo (Figura 5).

El patrón territorial muestra extremos bien definidos. En las UPL con menor proporción de hogares de bajos ingresos (entre 20% y 30%), como Niza, Salitre y Usaquén, se registran los puntajes más altos de acceso, cercanos a 3,2–3,3. En contraste, en territorios con alta concentración de hogares vulnerables (más del 80%), como Lucero, Arborizadora y Usme–Entrenubes, los puntajes descienden a rangos entre 2,75 y 2,9.

En particular, Lucero, Usme–Entrenubes y Arborizadora se ubican en el extremo más bajo del indicador, coincidiendo con los mayores niveles de vulnerabilidad socioeconómica.

Figura 6
La relación entre el porcentaje de hogares con ingresos inferiores a 2 SMMLV y el acceso a educación muestra un patrón negativo (Figura 6), aunque menos pronunciado que en salud y empleo. A medida que aumenta la proporción de hogares de bajos ingresos, el puntaje de acceso a educación tiende a disminuir, evidenciando una brecha territorial persistente. El comportamiento espacial mantiene la lógica del orden residencial segregado. En las UPL de mayores ingresos, como Niza, Salitre y Chapinero, se observan puntajes más altos de acceso, mientras que, en territorios con alta concentración de hogares vulnerables, como Lucero, Arborizadora y Tibabuyes, se registran los niveles más bajos del indicador. No obstante, a diferencia de otros servicios, el acceso a educación presenta mayor dispersión entre territorios de ingreso medio, lo que sugiere una oferta más extendida o menos segmentada. El acceso a la oferta cultural y recreativa presenta una de las relaciones más marcadas con el nivel de ingresos (Figura 7). A medida que aumenta la proporción de hogares con ingresos inferiores a 2 SMMLV, el puntaje de acceso disminuye de forma clara y sostenida, evidenciando una fuerte asociación entre condiciones económicas y disponibilidad de este tipo de servicios. A diferencia de otros ámbitos, este indicador muestra una de las mayores brechas territoriales, con una diferencia cercana a un punto entre los valores más altos y más bajos (aproximadamente entre 2,7 y 3,7). Este rango evidencia una segmentación más profunda en el acceso a bienes culturales y recreativos, que no solo depende de la oferta urbana, sino también de la localización y las condiciones socioeconómicas de los hogares. El patrón territorial refuerza la lógica del orden residencial segregado. Las UPL de mayores ingresos, como Niza, Salitre y Chapinero, concentran los puntajes más altos, mientras que territorios con alta vulnerabilidad, como Arborizadora, Bosa y otras zonas del sur y suroccidente, presentan los niveles más bajos de acceso.

La relación entre el porcentaje de hogares con ingresos inferiores a 2 SMMLV y el acceso a educación muestra un patrón negativo (Figura 6), aunque menos pronunciado que en salud y empleo. A medida que aumenta la proporción de hogares de bajos ingresos, el puntaje de acceso a educación tiende a disminuir, evidenciando una brecha territorial persistente.

El comportamiento espacial mantiene la lógica del orden residencial segregado. En las UPL de mayores ingresos, como Niza, Salitre y Chapinero, se observan puntajes más altos de acceso, mientras que, en territorios con alta concentración de hogares vulnerables, como Lucero, Arborizadora y Tibabuyes, se registran los niveles más bajos del indicador.

No obstante, a diferencia de otros servicios, el acceso a educación presenta mayor dispersión entre territorios de ingreso medio, lo que sugiere una oferta más extendida o menos segmentada.

El acceso a la oferta cultural y recreativa presenta una de las relaciones más marcadas con el nivel de ingresos (Figura 7). A medida que aumenta la proporción de hogares con ingresos inferiores a 2 SMMLV, el puntaje de acceso disminuye de forma clara y sostenida, evidenciando una fuerte asociación entre condiciones económicas y disponibilidad de este tipo de servicios.

A diferencia de otros ámbitos, este indicador muestra una de las mayores brechas territoriales, con una diferencia cercana a un punto entre los valores más altos y más bajos (aproximadamente entre 2,7 y 3,7). Este rango evidencia una segmentación más profunda en el acceso a bienes culturales y recreativos, que no solo depende de la oferta urbana, sino también de la localización y las condiciones socioeconómicas de los hogares.

El patrón territorial refuerza la lógica del orden residencial segregado. Las UPL de mayores ingresos, como Niza, Salitre y Chapinero, concentran los puntajes más altos, mientras que territorios con alta vulnerabilidad, como Arborizadora, Bosa y otras zonas del sur y suroccidente, presentan los niveles más bajos de acceso.

Figura 7
Gráfico relaciona ingresos bajos y acceso cultural por UPL

Los resultados muestran que a medida que aumentan los hogares con ingresoso menores a los 2 SMMLV, empeora el puntaje otorgado a el acceso a servicios urbanos. Salud, empleo, educación y oferta cultural no se distribuyen de forma homogénea, sino que siguen la misma lógica espacial del orden residencial de la ciudad. Aunque la intensidad varía, es más fuerte en empleo y cultura, y más moderada en educación, la tendencia es consistente en todos los casos. Esto sugiere que la segregación no solo define dónde vive la gente, sino también qué tan satisfecha se siente con la accesibilidad.

5.     Percepción de dos estragos de la segregación residencial en Bogotá

Las percepciones sobre el entorno urbano constituyen una dimensión central para comprender la habitabilidad de las ciudades. Más allá de los indicadores tradicionales, la forma en que las personas valoran su experiencia en la ciudad refleja condiciones materiales concretas. En este sentido, el análisis de percepciones ofrece una vía para entender cómo las desigualdades urbanas se experimentan en la vida cotidiana.

En contextos de alta segregación, como el de Bogotá, estas percepciones no se distribuyen de manera aleatoria, sino que están fuertemente condicionadas por la estructura socioeconómica del territorio. La evidencia muestra que la calidad percibida del entorno urbano presenta una marcada heterogeneidad espacial, con mejores valoraciones concentradas en zonas de mayores ingresos y peores condiciones en áreas periféricas y vulnerables (Guzman et al., 2025). En este marco, se analiza la percepción de dos de los principales estragos de la segregación residencial: el hambre y la movilidad cotidiana.

5.1. Hambre

En Bogotá, uno de cada diez hogares reporta que, por falta de dinero, en la semana previa al levantamiento de la encuesta algunos (moderada) o todos (severa) sus miembros no pudieron consumir las tres comidas diarias (Figura 8). La distribución espacial del hambre muestra un patrón claro. La inseguridad alimentaria se concentra en el sur y suroccidente de la ciudad, configurando una gradiente territorial consistente con el orden residencial segregado

Figura 8
Gráfico relaciona ingresos bajos y acceso a salud por UPL

No existe ninguna UPL donde el indicador sea cero. Incluso en zonas de altos ingresos como Teusaquillo, Usaquén o Niza se registran casos de hambre, aunque en niveles bajos. Esto indica que la ciudad no se divide entre territorios con y sin hambre, sino entre distintos niveles de incidencia: zonas de baja afectación, zonas intermedias y territorios en situación crítica.

En los casos más extremos, como Lucero, Arborizadora y Torca, cerca de uno de cada cuatro hogares enfrenta situaciones de inseguridad alimentaria. En particular, en Lucero se observa una condición especialmente grave: uno de cada diez hogares reporta que ningún miembro pudo consumir las tres comidas diarias durante la semana anterior por falta de recursos.

Figura 9
Gráfico relaciona ingresos bajos y seguridad alimentaria por UPL

La Figura 9 muestra que la percepción de seguridad alimentaria presenta una relación negativa clara con el nivel de ingresos. A medida que aumenta el porcentaje de hogares con ingresos inferiores a 2 SMMLV, disminuye de forma sostenida la percepción de seguridad alimentaria, evidenciando un gradiente socioeconómico consistente con el orden residencial segregado.

El patrón espacial muestra una concentración definida en la cola inferior del indicador. UPL como Lucero, Arborizadora, San Cristóbal y Usme–Entrenubes registran los niveles más bajos de percepción de seguridad alimentaria, coincidiendo con territorios de alta vulnerabilidad socioeconómica. En conjunto, estos resultados refuerzan que la inseguridad alimentaria no se distribuye de manera aleatoria, sino que sigue la estructura de desigualdad urbana

5.2. Movilidad

Como se observa en la Figura 10, en 23 de las 30 UPL urbanas, el transporte público es el principal medio de desplazamiento para más del 50% de los hogares, lo que refleja una alta dependencia de este modo en amplias zonas de la ciudad, particularmente en territorios de ingresos bajos y medios bajos. En contraste, en UPL de mayores ingresos como Niza y Usaquén, el uso del transporte privado (autos y motos) supera al del transporte público

Figura 10
Gráfico de medio principal de transporte por UPL en Bogotá

La relación entre el nivel de ingresos y el uso del transporte público muestra un patrón inverso al observado en el transporte privado (Figura 11). A medida que aumenta el porcentaje de hogares con ingresos menores a 2 SMMLV, se incrementa de forma sostenida la proporción de personas que dependen del transporte público como principal medio de desplazamiento.

Figura 11
Gráfico relaciona ingresos bajos y uso de transporte público

La relación entre el uso del transporte público y la satisfacción con el mismo evidencia un patrón inverso (Figura 12). A medida que aumenta la proporción de personas que utilizan transporte público como medio principal, la satisfacción tiende a disminuir de forma sostenida. Este resultado sugiere que los territorios con mayor dependencia de este modo enfrentan condiciones más precarias en la experiencia de movilidad.

Figura 12
Gráfico relaciona transporte público y satisfacción por UPL

Las UPL con mayor uso de transporte público tales como Lucero, Arborizadora, San Cristóbal y Usme–Entrenubes se ubican en los niveles más bajos de satisfacción, mientras que aquellas donde su uso es menor presentan valoraciones más altas. Para estimar la tendencia se excluyeron del cálculo las UPL donde el uso de transporte privado (autos y motos) supera al del transporte público, dado que estas presentan una lógica de movilidad distinta que podría distorsionar la relación observada.

En conjunto, los resultados muestran que la dependencia del transporte público en Bogotá está asociada a menores niveles de satisfacción, consolidando una brecha territorial en la experiencia de movilidad que padecen principalmente los hogares de menores ingresos.

Reflexiones finales

  1. La segregación no solo se mide, se percibe. Los datos muestran una relación clara entre ingreso y acceso a salud, empleo, educación y cultura. Pero lo más importante es que esa desigualdad también se refleja en cómo los hogares perciben sus oportunidades. En las zonas más vulnerables no solo hay peores condiciones objetivas, también hay una percepción más limitada de acceso.
  2. La segregación es material, pero también es una experiencia subjetiva cotidiana. La experiencia urbana está determinada por el lugar donde se vive. El porcentaje de hogares con ingresos bajos se asocia de forma consistente con peores percepciones en múltiples dimensiones de accesibilidad. Esto implica que la ciudad no ofrece una experiencia homogénea.
  3. El hambre no está focalizada, está extendida en toda la ciudad. Un hallazgo es que no existe una sola UPL sin presencia de hogares que pasan hambre. No es un problema de bolsillos aislados, sino ante un fenómeno distribuido en toda la ciudad. La diferencia entre territorios no es la existencia o no de hambre, sino su intensidad. La inseguridad alimentaria es una condición estructural, no excepcional.
  4. La movilidad evidencia una desigualdad en la experiencia de la ciudad. Los datos muestran un patrón claro: a mayor uso de transporte público, menor satisfacción con el transporte. Y ese mayor uso se concentra en las zonas con más hogares de bajos ingresos.  Esto implica que quienes más dependen del sistema son quienes tienen una peor experiencia.
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