Venta de Isagén comprometería expansión del sistema eléctrico

Ene 13, 2016

EL ESPECTADOR / 13 ENE 2016 Este miércoles se efectuará la subasta de la participación del Estado en la generadora de energía con un solo oferente. El exmagistrado Mauricio Fajardo dice que no hay ley que de manera específica regule estos procesos. Hoy se llevará a cabo la venta de la participación del Estado (57,6 %) […]

EL ESPECTADOR / 13 ENE 2016

Este miércoles se efectuará la subasta de la participación del Estado en la generadora de energía con un solo oferente. El exmagistrado Mauricio Fajardo dice que no hay ley que de manera específica regule estos procesos.

Hoy se llevará a cabo la venta de la participación del Estado (57,6 %) en Isagén. En un extraño proceso de subasta, en la que solamente habrá un oferente, el fondo de inversión canadiense Brookfield se quedará con la mayoría accionaria de la tercera generadora del país y el único activo estatal en el sector eléctrico.

Pese a que el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, manifestó que sí era posible efectuar el proceso a pesar de que solo una firma pujara, el exmagistrado del Consejo de Estado, Mauricio Fajardo —quien hizo parte de la Sala Plena que detuvo el proceso de licitación para el tercer canal por haber un único interesado—, aseguró que esta misma razón animó al alto tribunal a frenar dicho proceso.

“En aquella oportunidad, buena parte de la reflexiones del Consejo de Estado se formularon acerca de la inexistencia de normas legales que en forma específica regularan el procedimiento de subasta y que autorizaran la adjudicación con un solo y único oferente, y por esa razón la norma o la disposición puramente administrativa o reglamentaria que contenía el pliego de condiciones para autorizar esa clase de adjudicación fue suspendida y después fue anulada”, explicó.

Aunque para Fajardo ese mismo principio debería ser aplicado para impedir el proceso que se lleva a cabo hoy, con contundencia el Gobierno ha insistido en la importancia, y por lo tanto irreversibilidad, de la operación.

Otra de las voces que se manifestaron ayer fue la de la Procuraduría, que alertó porque “si el Gobierno insiste en vender Isagén en las actuales condiciones, se perderían más de dos billones de pesos, que representan 0,46 dólares menos que se pagará por la acción, en comparación con el valor inicial estimado por el Gobierno en el año 2013”.

El telón de fondo de la enajenación del activo eléctrico, sin embargo, no es menos importante. Si bien los $6,4 billones que pagaría el fondo canadiense por Isagén se utilizarán en poner a punto la infraestructura, el monto exigido por el presidente Juan Manuel Santos por este activo no es un capricho o un “regalo” a los inversionistas extranjeros, sino una consecuencia del desprestigio del que ahora goza el sector eléctrico, tras las últimas decisiones para sortear el fenómeno de El Niño.

Uno de los representantes de un reconocido grupo de inversión, que pidió no ser citado, manifestó que Isagén está siendo vendida en un precio irracional, pues aunque construir un megavatio de hidroeléctrica cuesta entre US$2 millones y US$3 millones, el Gobierno pidió entre US$1 millón y US$1,5 millones.

“Los bancos no quieren exposición al sector eléctrico, los inversionistas dicen que las reglas ya no son estables. Hay un enorme ruido alrededor de la regulación (para el sector eléctrico) en Colombia, que antes era del mismo nivel de la de Estados Unidos”. De acuerdo con el inversionista, aun cuando se quisiera aumentar el precio de la generadora, las condiciones actuales del mercado eléctrico harían menos atractivo para un foráneo apostar por Isagén, entonces un mal se está compensando con otro.

Entre tanto, los rumores que se han ido sumando al posible aumento de las tarifas de la energía fueron desementidos por tres expertos consultados por este diario, quienes además consideran que la soberanía energética no se perdería, como han expresado opositores a la venta.

Según José Arturo Quirós, presidente de la Cámara Colombiana de la Energía, el que Isagén cambie de manos “no va a tener ningún impacto para el sector eléctrico, porque está muy bien regulado. Hay una Superintendencia de Servicios Públicos encargada de vigilar las firmas. Las experiencias de los últimos 23 años son que el capital privado ha trabajado muy bien en este sector”.

Este principio tiene mucho sentido para los expertos, si se tiene en cuenta que Isagén no puede ni podrá vender por debajo ni por encima de los precios del mercado y, como se ha demostrado hasta ahora, la empresa ha aprovechado el rentable negocio de vender energía.

No obstante, lo que sí perdería Colombia es un instrumento para el desarrollo de nuevas fuentes de energía y la expansión del sistema eléctrico pues, además de la apuesta de Emgesa con la hidroeléctrica de El Quimbo, las empresas privadas han preferido maximizar sus ganancias que desarrollar nuevos proyectos de infraestructura eléctrica.

“El cambio climático puede generar mayores sequías y todo esto afecta la generación, el país necesita diversificación de fuentes de energía e Isagén es un instrumento gracias al que se estaban desarrollando plantas eólicas, la geotermia (tienen un proyecto en estado de prefactibilidad en Nariño) y esto se puede perder porque las firmas tienen unos objetivos distintos”, aseguró Germán Corredor, director del Observatorio de Energía de la Universidad Nacional.

Las dificultades sociales y ambientales para construir grandes hidroeléctricas han hecho que las empresas del sector, a nivel mundial, revalúen su estrategia y se enfoquen en el desarrollo de proyectos mucho más pequeños y rentables y descarten los desarrollos e investigación de nuevas fuentes de energía, que es una de las fortalezas de Isagén.

Un sondeo realizado en ElEspectador.com, en el que más de tres mil personas habían participado al cierre de esta edición, dejó en evidencia la oposición de la ciudadanía a esta operación. Mientras cerca del 91% de los participantes respondieron No a que se llevara a cabo la subasta con un solo oferente, tan solo 4 % dijeron que Sí. A pesar de las voces de rechazo, la enajenación es prácticamente un hecho. No hay otra opción que confiar en que los $6,4 billones que generará la venta sean suficientes para impulsar un programa que cuesta $35 billones y del que hasta ahora solo hay planos. Como dice el ministro Cárdenas (ver columna), preparémonos para pensar en el futuro.

Newsletter Cedetrabajo

El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

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