La crisis de la globalización

Jun 10, 2022

Cuando se disolvió la Unión Soviética en 1990, el mundo vivió la edad de oro de la ideología de la globalización. El capitalismo occidental desguazó a ese país, bajo la dirección ideológica de Jeffrey Sachs y otros defensores del Consenso de Washington, en la operación de privatización más grande de la historia, y se fraccionó […]

Cuando se disolvió la Unión Soviética en 1990, el mundo vivió la edad de oro de la ideología de la globalización. El capitalismo occidental desguazó a ese país, bajo la dirección ideológica de Jeffrey Sachs y otros defensores del Consenso de Washington, en la operación de privatización más grande de la historia, y se fraccionó en pedazos el gigantesco territorio. Al mismo tiempo, las multinacionales irrumpieron masivamente en China en una operación que vinculó a millones de habitantes a los circuitos de producción y ganancias del capitalismo occidental y muchas empresas estadounidenses localizaron allí su entable industrial para conseguir mano de obra barata. El gobierno chino aseguraba enormes obras de infraestructura, bajos impuestos, un mercado interno en crecimiento y estabilidad macroeconómica, con lo cual se fortalecieron corporaciones de talla mundial que no se habían visto en toda la historia del capitalismo desde el imperio de los Morgan, los Rockefeller y la Compañía de las Indias Occidentales del Reino Unido.

Al mismo tiempo se conformó la OMC como gobierno económico del mundo y el capital financiero tuvo su edad de oro, acumulando enormes riquezas y acentuando las disparidades en la distribución del ingreso, como lo ha demostrado Piketty en sus escritos. Fue una globalización liderada por Estados Unidos y puesta a su servicio hasta el punto de que se hablaba del “Nuevo siglo americano”. Washington auguró que vendrían tiempos de estabilidad y que el papel de las naciones se diluiría en un entorno económico que, bajo la liberalización económica, aseguraría la perpetuidad del capitalismo bajo su versión neoliberal.

Con el paso de los años se vio que la profecía no se cumplió. En 1997 y 1998 sobrevinieron sucesivas crisis económicas regionales de alcance global como las de Rusia, Corea del Sur, Tailandia y otros países asiáticos, le siguieron la crisis de las dot.com en el 2000, después la del 2008, que comenzó con la caída de Lehman Brothers, y la del 2009 con la quiebra de Grecia. En todas ellas se vio la rapacidad del capital financiero, la manipulación monetaria, la apropiación de bienes públicos por parte del sector privado y la especulación de los capitales de corto plazo. Las economías nacionales se tornaron mucho más vulnerables a los vaivenes de la economía mundial.

Ni hablar de la estabilidad política. El descuartizamiento de la Unión Soviética y Yugoslavia originó numerosos conflictos y las guerras de Irak, Afganistán, Siria, Libia, Sudán, Yemen y Palestina y ahora la de Ucrania aún mantienen impactos regionales, en muchos casos con efectos globales.

La verdad es que después de su momento de auge, la globalización comenzó a mostrar grietas y, aunque sus objetivos nunca se cumplieron plenamente, ahora se vive la destorcida, agravada por la pandemia. Es obvio que cuando hablamos de globalización no nos referimos a la creciente interconexión digital producida por los desarrollos tecnológicos y comerciales, sino a la ideología que se ha impuesto, que más bien se podría llamar globalismo. El mundo se encuentra fraccionado, comenzando por la realidad política de Estados Unidos. La guerra comercial declarada a China ha enfrentado a las dos mayores economías del mundo y estimulado el nacionalismo estadounidense y chino, pero una parte importante de las multinacionales gringas no acepta renunciar a las ganancias obtenidas en el mercado de la potencia oriental y, como corriente geoestratégica, el nacionalismo chino tiene más posibilidades de cohesión.

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El mundo no se rige más por las leyes del libre mercado y tal vez nunca se rigió

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A pesar del intento de eliminar o diluir a naciones enteras, resurgen fuerzas nacionalistas de la más variada orientación en países tan importantes como Turquía, India y muchos otros, fuerzas que no se pueden calificar apresuradamente como populistas, sino que a su manera expresan el reclamo en todas las latitudes del derecho de las naciones a la autodeterminación y a seguir un camino propio. El esfuerzo de imponer un solo modelo de capitalismo globalizado y neoliberal ha encontrado una resistencia, que será seguramente ganadora, en los propósitos de desarrollar un capitalismo al estilo ruso, chino, iraní o cualquier otro. El papel de los organismos internacionales que le dictan al planeta qué se puede o no hacer, elaboran las reglas y financian las reformas, está siendo cuestionado. Sacar a Rusia del sistema de transacciones internacionales Swift y radicalizar las sanciones parece más bien contraproducente. Para lo único que ha servido es para que esa potencia y varias más se esfuercen en crear mecanismos alternativos en su comercio y pagos e incluso en su financiación. Y tienen músculo para hacerlo.

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El mundo no se rige más por las leyes del libre mercado y tal vez nunca se rigió. Los intereses nacionales, geopolíticos y militares se han sobrepuesto a los meramente económicos, aunque los incluyen. El precio del petróleo no lo determina la ley de la oferta y la demanda sino los pactos y alianzas, y así sucede con muchos productos básicos como el trigo, el maíz, las tierras raras y los demás minerales. Todos indispensables para la alimentación de la población y el desarrollo industrial y tecnológico avanzado.

La división, aunque muchos lo difundan, no es entre democracia y dictadura o entre democracia y populismo. En cada uno de los bloques que se están conformando hay gobiernos de todos los pelajes. No tiene autoridad Estados Unidos para imponerle a Rusia su idea de democracia plutocrática, en el fondo una alternancia entre el partido demócrata y republicano, con coincidencias esenciales básicas y que impiden el nacimiento de fuerzas realmente alternativas. Y no la tiene, porque en el sistema ruso toman parte multiplicidad de partidos que disputan el gobierno, como tampoco a la democracia islámica de Irán o el sistema meritocrático chino a través de la Asamblea Popular. Cada país tiene sus formas políticas de acuerdo con sus tradiciones e idiosincrasia. Y es su propio pueblo, si desea, el que puede transformarla. Si no se desata una guerra de gran alcance, un mundo futuro será moldeado, no por la utopía neoliberal de la globalización sino por el respeto a la diversidad.

Nota original publicada en Las 2 Orillas.

Newsletter Cedetrabajo

El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

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