PORTAFOLIO 15/12/2015 El dólar no encuentra techo y se negoció este lunes en un nuevo máximo histórico de $3.357, con lo cual ya está $959 por encima del precio en el que comenzó el año. Con el ritmo al que está subiendo el precio del dólar, fácilmente se están sobrepasando hasta los pronósticos más pesimistas […]

PORTAFOLIO 15/12/2015
El dólar no encuentra techo y se negoció este lunes en un nuevo máximo histórico de $3.357, con lo cual ya está $959 por encima del precio en el que comenzó el año.
Con el ritmo al que está subiendo el precio del dólar, fácilmente se están sobrepasando hasta los pronósticos más pesimistas que tenían los expertos hace algunos meses.
En otra fuerte escalada, la divisa superó ampliamente los 3.300 pesos –nivel inimaginable hasta hace poco– y se negoció en un promedio de 3.357 pesos, una nueva marca histórica.
Dicho precio está 959 pesos por encima de la cotización con la que comenzó el año. Así la devaluación del 2015 ya va en 40 por ciento.
En esta disparada de la divisa que se ha visto desde noviembre, la realidad es que las dos grandes fuentes de volatilidad no han cambiado.
La primer,a y más importante, es que el desplome en los precios del petróleo no para aún.
Durante buena parte de la jornada de ayer, las cotizaciones del crudo descendieron a mínimos de 11 años, aunque cerraron el día con un leve rebote.
De hecho, el barril de petróleo en la referencia Brent (del que Colombia está pendiente) cerró ayer en 37,92 dólares, mientras que el WTI está en 36,31 dólares.
Estas cotizaciones, que están por debajo de cualquier presupuesto que se hubiera hecho a comienzos del 2015, tienen varias implicaciones en el país.
El Gobierno tiene un bajón fuerte en sus ingresos por menores impuestos que pagan las petroleras. Además, al mercado colombiano entran menos dólares ante la caída en las exportaciones del crudo, y por menores inversiones de las compañías del sector.
De hecho, a octubre las ventas externas de crudo han retrocedido 40 por ciento, mientras que la inversión extranjera directa para el sector minero-energético ha bajado 60 por ciento.
Así, mientras que no suba el petróleo, la tasa de cambio difícilmente se tomará un respiro.
En este escenario, surge la inquietud sobre qué tanto podía seguir subiendo el dólar si se mantiene la caída en los precios del petróleo.
La firma comisionista AdCap Colombia hizo un análisis técnico sobre la sensibilidad de la divisa frente al petróleo, incluyendo una desviación que tenga en cuenta algunos otros efectos.
El resultado es que si el petróleo en la referencia WTI logra ubicarse en 35 dólares por barril, el dólar alcanzaría niveles alrededor de 3.430 pesos.
Y, en un escenario más adverso, la divisa rompería la barrera de los 4.000 pesos en caso de que el barril de petróleo en la referencia WTI retroceda a 25 dólares o menos.
Por lo pronto, otro tema que está presionando la subida del dólar es la reunión de los miembros de la Reserva Federal de Estados Unidos, que empieza hoy y en la cual evaluarán si se decreta un aumento en su tasa de interés, por vez primera en años.
La mayoría de analistas dan por hecho el incremento en la tasa, y aunque esto aprecia fuertemente el dólar (con lo cual subiría más), expertos creen que el mercado ya ha descontado esta situación.
ACCIONES, EN MÍNIMOS: DESVALORIZACIÓN LLEGÓ A 29 %
La volatilidad de los mercados tampoco ha dejado en paz a la renta variable.
En otra nueva rueda con desvalorizaciones, el índice Colcap de la Bolsa de Colombia, termómetro de las acciones más representativas del mercado, terminó en 1.076 puntos, levemente por debajo del cierre del viernes.
Así, las pérdidas solo en lo que va del 2015 ya superan el 29 por ciento, y este sería el tercer año consecutivo con desvalorizaciones.
Sin embargo, fueron más las acciones que se tiñeron de rojo.
De todas formas, una de las que más inquietudes despierta entre los accionistas es Ecopetrol, que ya está en 1.090 pesos, es decir, 310 pesos menos del valor que tenía cuando salió a bolsa.
El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.
Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.
Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.
El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.
Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.
La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.
A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.
Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.
La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.
Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.
Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.
La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.