La presidencia de la Andi

Sep 3, 2013

Luis Prieto Ocampo "Le compete al nuevo presidente volver por los fueros de la industria nacional. Su postración continuada le está haciendo un daño inmenso a la nación colombiana." El presidente de la Andi renunció. Se supo sorpresivamente por él mismo, al iniciar sesiones de apertura de la asamblea de su institución. Para los industriales […]

andiLuis Prieto Ocampo

«Le compete al nuevo presidente volver por los fueros de la industria nacional. Su postración continuada le está haciendo un daño inmenso a la nación colombiana.»

El presidente de la Andi renunció. Se supo sorpresivamente por él mismo, al iniciar sesiones de apertura de la asamblea de su institución.

Para los industriales es noticia trascendente. Coincide con una gran crisis en la industria colombiana. Su participación en el producto interno del país se ha venido deteriorando y requiere cuidados intensivos urgentes. La competencia de productos industriales procedente de los tratados de libre comercio la tienen contra las cuerdas.

Nombrar un nuevo presidente es bien difícil. Tiene que ser un personaje que indiscutiblemente venga de las entrañas industriales y adornado de virtudes personales sobresalientes. Primero, aceptar que su labor está comprometida exclusivamente para bien y auge de la industria.

Naturalmente, debe ser una persona culta, de talante destacado, de convincente oratoria. Resistente a los cantos de sirena, que lo invitan a distraerse en otros campos por atractivos que parezcan, a fuer de perder el rumbo, algo indeseable.

Debe sentir que ser presidente de este gremio empresarial es tener la máxima posición del sector privado colombiano y así debe obrar como tal. La Andi ha de ser su único entorno profesional y, en consecuencia, oídos sordos a los halagos que lo rodean por doquier. Nunca aceptar posiciones alternas y menos dentro de la misma institución. La independencia tiene que ser absoluta.

Le compete al nuevo presidente volver por los fueros de la industria nacional. Su postración continuada le está haciendo un daño inmenso. Ha perdido ánimo y coraje que otrora la caracterizaron. También, su capacidad de competir.

Las negociaciones imperfectas en los tratados de libre comercio le han sido fatales. No fueron consecuentes con el desarrollo de la industria colombiana. No se concibió colaboración estatal alguna para afrontar la competencia que hoy la abruma.

La competitividad es sinónimo de un equipo industrial de punta. Adquirirlo es costoso, requiere plazos e intereses adecuados. Plazos de quince a veinte años como los que se obtuvieron en el pasado, en los años sesenta, cuando el gobierno de entonces, en estrecha colaboración con la Andi, consiguió empréstitos de esta naturaleza con el Banco Mundial, trasladados a la industria por medio de las corporaciones financieras y que permitieron una saludable renovación del parque industrial de la época.

El deterioro progresivo de la industria en el tablado nacional le ha menguado competitividad. No ha estado al tanto del mundo tecnológico, lo que representa un gran atraso. La tecnología se esparce por todos los confines, refina precios y calidades en guerra cruenta por los mercados internacionales.

En Colombia esto apenas se insinúa en forma dispareja. Una mano de la Andi en este campo es más que esencial para conquistar cuanto antes un puesto de vanguardia.

El presidente que hoy dice adiós consolidó económicamente la institución y la transformó en una agremiación cúpula que anida asociaciones de diversa índole. En concepto de quien esto escribe, hubo un gran costo para la actividad propiamente industrial, génesis de la fundación de la Andi, porque la desdibuja en el mar de variedades empresariales que se acogen bajo su manto.

Llegó a la presidencia de la institución sin ningún pasado industrial. Su fuerza mediática, sus condiciones diplomáticas y su simpatía le conquistaron solidaridades y afectos que le dieron créditos importantes para su gestión.

Con su retiro, pierde el Gobierno su más fiel aliado, pero gana la diplomacia con la llegada a su puerta, donde será un buen embajador.

Luis Prieto Ocampo
Expresidente de la Andi

Opinión El Tiempo

Newsletter Cedetrabajo

El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

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