Claudia Rojas Arbeláez* Gaceta, febrero 2 de 2014 Leonardo Di Caprio vuelve a ser el protagonista de la última película de Martin Scorsese. “El lobo de Wall Street” está basada en un libro autobiográfico y se convierte en otra de esas producciones que señalan de manera directa los excesos y la ambición del mundo capitalista. […]
Claudia Rojas Arbeláez*
Gaceta, febrero 2 de 2014
Leonardo Di Caprio vuelve a ser el protagonista de la última película de Martin Scorsese. “El lobo de Wall Street” está basada en un libro autobiográfico y se convierte en otra de esas producciones que señalan de manera directa los excesos y la ambición del mundo capitalista.
Martin Scorsese es un director que está por encima del bien y del mal. No solo por su extensa cinematografía, que llega casi a las cincuenta películas, sino por el rigor con el que hace las cosas. En sus trabajos dos elementos quedan siempre expuestos: una, su oficio cinematográfico en el que explora con secuencias, iluminación y montaje, y dos, el gran conocimiento que alcanza de los universos que narra. Con estas fortalezas se ha aventurado en géneros, historias y formatos saliendo siempre avante ante sus seguidores y gran parte de la crítica. Después de todo, es uno de los directores más queridos y respetados del medio, prestigio que se ha ganado gracias al compromiso que le imprime a su trabajo sin subirse en un pedestal.
El buen ‘Marty’, como lo llaman sus allegados, ha sido un hombre de afectos y amores probados con sus temas, sus orígenes y con sus actores. Pero también ha sido un hombre con olfato, un lobo al acecho de aquellos temas que tal vez muchos han visto pero que pocos han cazado de la manera como él lo ha hecho.
Un director newyorkino que no ha temido adentrarse “selva adentro” de los mundos más oscuros y subterráneos que subsisten en la sociedad norteamericana. Por sus manos han pasado gánsters, inmigrantes, cantantes, jóvenes soñadores, apostadores y dementes, y a todos los ha conocido a profundidad.
Transmitiendo a sus espectadores la certeza del que conoce no solo a su personaje sino al universo en que se mueve, enamorándonos con protagonistas tan complejos como encantadores. ¿Cómo olvidar a Travis Bickle (‘Taxi driver’), a Jack La Motta (‘Toro salvaje’) y a Howard Hughes (‘El aviador’)?
La lista podría continuar, pero debemos aterrizar pronto en el tema que hoy nos convoca. Se trata de su última producción ‘El lobo de Wall Street’ y llega dos años después de ‘Hugo’, aquella película animada con la que Scorsese rindió homenaje a uno de los pioneros del cine.
‘El lobo de Wall Street’ está basada en un libro autobiográfico escrito por Jordan Belfort, un corredor de bolsa de Nueva York que se convirtió en uno de los más exitosos y polémicos al descubrir que el verdadero negocio estaba en las estafas y el fraude. Belfort, a quien la revista ‘Forbes’ apodó como ‘El lobo de Wall Street’ es interpretado por Leonardo DiCaprio que, con este proyecto, llega a cinco películas bajo la dirección de Martin Scorsese.
Como es de esperarse, en ‘El lobo de Wall Street’, el director vuela por instrumentos, cosechando un poco de aquí y otro tanto de allá. El narrador en off, el mismo que ya tuvimos en sus ‘Buenos muchachos’ (1990) y la pequeña sociedad con su propio código de honor, lo que antes fueron bandidos y pandillas, ahora son corredores de bolsa tramposos pero fieles a sí mismos. Esta vez un elemento diferente, un protagonista que rompe la diégesis y habla a los espectadores como aquella voz narrativa de la novela.
Sin embargo, lo que convierte a esta película en la pieza que es, va más allá de la apuesta verídica que narra con detalle el ascenso del ambicioso corredor. Algo que tiene que ver con la manera directa y vertiginosa con la que Scorsese decide narrar. El ritmo narrativo tiene que ver con la música pero también con las fiestas, los excesos y la cocaína.
La puesta en escena de la extravagancia y la celebración nos recuerda un poco a la última versión de ‘El gran Gatsby’ (Baz Luhrmann), también protagonizada por DiCaprio, en la que las fiestas y las coreografías iban de la mano de la música y el montaje.
Pero si hay fiestas, también hay humor negro, secuencias grotescas y sin término medio, que incomodan a quien las mira, pero que resultan ser la parte más tímida del desenfreno.
Esto es algo que pronto se supera, concentrándonos en el ascenso y la decadencia de un personaje que termina siendo blanco de miradas de la ley que quiere desenmascarar un negocio. Una película extensa sin duda (dura poco más de tres horas), pero que es llevada a su punto por cuenta del guionista Terence Winter, también escritor de las series ‘Los Soprano’ y ‘Boarwalk Empire’.
Así, despojado de toda timidez, el director se convierte también en ese lobo que merodea a su presa con sevicia y la ataca sin consideración.
Pronto, la película, que empieza con una narración similar a un comercial, se adentra en las intimidades sórdidas de un personaje adicto y ambicioso. Sin velos, ni sugerencias, Scorsese se lanza a contar una historia de manera acelerada y cruda.
La sorpresa salta a la vista, ¿es en serio que el elegante director quede en los planos secuencias que vimos en ‘La edad de la inocencia’? ¿Dónde están la técnica y la tensión dramática de ‘La isla siniestra’?
Las preguntas bien podrían quedar resueltas si entendemos que ahora este lobo, que es Scorsese, se anima a mostrarnos el mundo de la bolsa sin glamour ni velos. Acompañado por un DiCaprio extraordinario y maduro en su actuación. Una película que aunque puede no ser una de las mejores del neoyorkino tampoco pasará inadvertida por su público ni la crítica.
*Docente Universidad Autónoma de Occidente
El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.
Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.
Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.
El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.
Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.
La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.
A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.
Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.
La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.
Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.
Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.
La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.