Estudio de Cedetrabajo demuestra la astucia matemática usada por el DNP para determinar un menor crecimiento del salario mínimo. $ 1.077.588 habría dejado de recibir cada trabajador desde 2006. Bogotá, 5 de diciembre de 2017. El estudio elaborado por Cedetrabajo para la Central Unitaria de Trabajadores, concluye que desde el año 2006 el Departamento Nacional […]
- Estudio de Cedetrabajo demuestra la astucia matemática usada por el DNP para determinar un menor crecimiento del salario mínimo.
- $ 1.077.588 habría dejado de recibir cada trabajador desde 2006.
Bogotá, 5 de diciembre de 2017. El estudio elaborado por Cedetrabajo para la Central Unitaria de Trabajadores, concluye que desde el año 2006 el Departamento Nacional de Planeación – DNP, ha medido mal la productividad de los trabajadores, porque utilizó una fórmula combinando la productividad laboral con la de las empresas, subestimando la tasa a la que se debió incrementar el salario mínimo.
De acuerdo con la investigación, el DNP ha tomado la Productividad Total de los Factores cuando el modelo que debió usar consiste en hallar la Productividad Media Laboral de manera independiente. Según Mario Alejandro Valencia, director de Cedetrabajo, esta diferencia ha significado que en el acumulado de los últimos 11 años se dejó de pagar a los trabajadores colombianos una productividad de 13,5 puntos porcentuales.
Significa que, si la fórmula aplicada para establecer el crecimiento del salario mínimo hubiera sido la correcta, este salario a 2017 sería de $ 827.517 y no de $ 737.717. “Estamos hablando de una pérdida por trabajador de $89.800 por mes, acumulados durante 11 años del periodo de estudio, que significan en total $ 1.077.588”, afirmó Valencia.
A este análisis se suman los estudios que los académicos César Giraldo y Diego Guevara, de la Universidad Nacional han realizado, que conforman los argumentos por los cuales la CUT ha pedido un incremento de 12% para 2018. La productividad media laboral de 2017 estará en aproximadamente 1,3%.
Según Cedetrabajo, la reactivación económica del país depende en buena medida de la recuperación de la capacidad adquisitiva de los trabajadores y cuestionaron el hecho de que el Estado utilice argucias matemáticas para justificar un menor incremento salarial.
El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.
Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.
Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.
El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.
Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.
La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.
A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.
Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.
La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.
Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.
Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.
La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.