Trump vs Biden: Un espectáculo grotesco para el mundo

Jul 10, 2024

  • Director de Cedetrabajo

    Psicólogo, especialista en geopolítica, analista económico

Trump vs. Biden: Gane quien gane, el poder seguirá igual, las grandes corporaciones seguirán dominando y la hegemonía de EE.UU. se mantendrá intacta.

Ni Trump ni mucho menos Biden parecen haber notado que la opinión mundial está cambiando. El espectáculo grotesco que ambos protagonizaron ante al menos quinientos millones de espectadores ha contribuido a desprestigiar aún más la “democracia” norteamericana.

Hay consenso, incluso entre amplios sectores del partido demócrata, en que el actual presidente tuvo un desempeño tan lamentable en el debate que Trump, con el cinismo característico con el que soltó cerca de 30 mentiras e inexactitudes, apareció como el ganador.

Más allá del aspecto personal de ambos, que no son precisamente modelos de decencia, el debate revela mucho sobre las contradicciones en la “mejor democracia del mundo” y su papel en el destino inmediato de la humanidad.

Biden ha liderado una de las épocas más violentas de intervencionismo militar en la historia. Entre tartamudeos, tropezones y desorientación, ha intentado destruir a Rusia, devastar a los palestinos, provocar a China, someter a Europa, controlar a América Latina y mantener el dominio del dólar, aunque esto implique un endeudamiento colosal que roza los 34 billones de dólares. Los medios se han enfocado en las limitaciones futuras de Biden, pero han ignorado que él ha sido presidente por cuatro años y aún le quedan seis meses.

Parece increíble que alguien con tantas limitaciones pueda siquiera desempeñar un papel modesto en el espectáculo circense en que se ha convertido la política estadounidense. Sin embargo, su política para mantener la hegemonía ha sido muy activa, aunque quizás no tan efectiva, lo cual demuestra que detrás de Biden hay un Estado profundo que realmente toma las decisiones y maneja la estrategia. Este grupo, al parecer, ya no está satisfecho con la candidatura de Biden y, según rumores, podría ser reemplazado.

A los votantes se les ha ocultado que quienes manejan el imperio desde las sombras son realmente un grupo de funcionarios no electos. Son ellos los que mantienen la continuidad de la política y seguirán haciéndolo independientemente de quién sea elegido. Las elecciones presidenciales no determinan los aspectos fundamentales de la política estadounidense.

Parece que el papel de Biden como representante de la llamada "ala progresista" del establecimiento estadounidense ya no convence ni siquiera a los medios demócratas, que durante meses embellecieron su imagen a pesar de toda evidencia. La idea de Petro de haber propuesto a Biden una nueva Alianza para el Progreso o un liderazgo conjunto en la lucha por la democracia y contra el cambio climático en las Américas está más desenfocada que nunca.

Lo único que mantiene a Biden en vigencia es el miedo de muchos estadounidenses a ver a Donald Trump nuevamente en la Oficina Oval. Trump, mejor adaptado para la pantomima, posee la dudosa virtud de ser uno de los personajes que puede decir más mentiras en menos tiempo, aprovechándose de la ingenuidad e ignorancia de una gran parte del electorado, víctima diaria de la manipulación de los medios.

Apelando a los instintos más conservadores de un amplio sector de la opinión pública, Trump rechazó a los migrantes, calificándolos de delincuentes y culpándolos del desempleo, siguiendo el guion de los medios. Luego, con una maniobra acrobática, se presentó a sí mismo como el mejor amigo de los negros y latinos.

Aunque durante su mandato Trump destinó enormes recursos al complejo militar-industrial, ahora manifiesta su preocupación por los fondos otorgados a Ucrania. La respuesta de Biden no pudo ser más reveladora: aseguró que los miles de millones de dólares habían beneficiado principalmente a Estados Unidos, ya que fortalecen la industria militar.

Ambos candidatos compiten por demostrar quién de ellos apoya más el genocidio perpetrado por el régimen sionista de Netanyahu.

Es claro que ambos candidatos respaldarán el complejo militar-industrial, prolongarán la misma política belicista hacia Oriente Medio e intentarán mantener la hegemonía estadounidense en el mundo. Aunque difieren en cuanto a la alianza con Europa, el resultado puede ser el mismo: mantener a Europa subyugada.

La diferencia más notable es que mientras Biden ha centrado su atención en el enfrentamiento con Rusia, Trump se enfoca principalmente en China.

En política internacional, la diferencia más notable es que mientras Biden ha centrado su atención en el enfrentamiento con Rusia, Trump se enfoca principalmente en China. Ambos creen que es necesario mantener un control más estricto sobre América Latina para asegurar su lealtad a Washington, aunque difieren en cómo manejan casos específicos.

De cualquier manera, gane quien gane, la estructura básica del poder en Estados Unidos se mantendrá intacta. La predominancia e influencia de los intereses de las grandes corporaciones continuará y, aunque de manera distinta, ambos se esforzarán por preservar la hegemonía estadounidense en el ámbito global.

Ninguno de los dos candidatos parece haber notado que la opinión mundial está cambiando. El espectáculo grotesco que ambos protagonizaron ante al menos quinientos millones de espectadores ha contribuido a desprestigiar aún más la "democracia" estadounidense y a acentuar sus divisiones internas. Pero el pueblo estadounidense, y el mundo, aún tendrán que soportar varios meses de mentiras, calumnias, desinformación, guerra sucia y manipulación en las redes sociales y en los medios. El futuro no augura nada bueno.

Newsletter Cedetrabajo

El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

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