Grandes científicas en la sombra

Nov 23, 2015

www.bbvaopenmind.com, mayo de 2015 La discriminación de género, la competitividad, el respeto a las jerarquías y el peso del conocimiento científico establecido jugaron en contra de las ideas revolucionarias de estas mujeres pioneras. El caso de Rosalind Franklin, marginada del descubrimiento de la estructura del ADN, no es único. Este recorrido por la ciencia del […]

mujer

www.bbvaopenmind.com, mayo de 2015

La discriminación de género, la competitividad, el respeto a las jerarquías y el peso del conocimiento científico establecido jugaron en contra de las ideas revolucionarias de estas mujeres pioneras. El caso de Rosalind Franklin, marginada del descubrimiento de la estructura del ADN, no es único. Este recorrido por la ciencia del siglo XX revela grandes descubrimientos realizados por mujeres, cuyos méritos no fueron reconocidos en su momento:

Emmy Noether (1882–1935)

El teorema de Noether, que cumple 100 años en 2015, fascinó a las grandes mentes del siglo XX porque revela la íntima conexión entre las simetrías de la naturaleza y la forma de las leyes fundamentales de la física. Sencillo y profundo, es un todoterreno de la física teórica, que puede aplicarse tanto a la teoría cuántica de campos como a los básicos problemas de mecánica clásica de bachillerato. Este teorema fue su primer trabajo al llegar al departamento de matemáticas de la Universidad de Gotinga en 1915, donde no podía impartir clases, porque Emmy Noether era una mujer.

Las barreras de género fueron una constante en su carrera. Para seguir los pasos de su padre, un gran matemático alemán, Emmy tuvo que asistir como oyente a las clases en la universidad, que a principios del siglo XX aún no aceptaba oficialmente a mujeres. Cuando por fin pudo licenciarse estuvo trabajando en el Instituto Matemático de Erlagen durante 7 años, sin recibir sueldo y sin que la reconocieran como profesora. En 1919, ya en Gotinga, por fin recibió la autorización para enseñar pero con un título no oficial de profesora ayudante. Fue lo más que consiguió, a pesar de liderar un equipo con prestigio mundial y de que sus discípulos sí fueron aceptados como investigadores y profesores titulares.

Emmy Noether hizo grandes aportaciones a un campo muy innovador de las matemáticas, el álgebra abstracta. Y cuando estos méritos empezaban a ser reconocidos fue expulsada de la universidad, porque era judía. Los nazis acababan de llegar al poder y Noether se exilió a EEUU en 1933, donde murió dos años más tarde. Einstein escribió un obituario en su honor en The New York Times, donde la definió como «la genio creativa de las matemáticas más significativa desde que comenzó la educación superior para las mujeres».

Cecilia Payne (1900–1979)

La astrónoma que descubrió la composición del Sol también tuvo una carrera marcada por la discriminación de género, sobre todo en su Inglaterra natal. Allí estudió ciencias en la Universidad de Cambridge y pudo asistir a conferencias de grandes científicos pero no pudo licenciarse, porque Cambridge no daba títulos universitarios a mujeres (y no lo hizo hasta 1948). Cecilia Payne quería ser científica y para ello tuvo que emigrar en 1923 a Estados Unidos, donde empezaba a haber becas para atraer a las mujeres hacia la investigación en astronomía.

Payne consiguió una beca para hacer el doctorado en el Observatorio de Harvard, aunque el título se lo dio una universidad asociada, porque Harvard era aún exclusivamente masculina. De su tesis doctoral, presentada en 1925, se dijo entonces que “sin duda es la tesis más brillante que se ha escrito en astronomía”. Y eso que Henry Norris Russell, un colega que se la revisó, la convenció para que retirara de ella una conclusión importante: la novata Cecilia Payne proponía en su primer trabajo astronómico que el Sol estaba compuesto en un 99% por hidrógeno.

Era una idea revolucionaria, pues entonces el consenso científico asumía que nuestra estrella era de mayormente de hierro (un 65%), con una composición similar a la de la Tierra. Russell, como el resto de astrónomos, no se tomó muy en serio el atrevimiento de Payne hasta que años más tarde llegó a la misma conclusión por otro camino. Entonces él se atribuyó el mérito, aunque citó brevemente a Payne en su publicación científica, y durante muchos años se le reconoció como autor del descubrimiento.

Mientras tanto, Cecilia Payne siguió observando las estrellas, avanzando en el estudio de su evolución y de la estructura de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Y también empezó a destacar en Harvard como una profesora sobresaliente y apasionada. Pero extraoficialmente, porque en teoría solo era una asistente técnica y sus cursos no estaban en el catálogo oficial. Tuvieron que pasar 15 años hasta que se le reconoció como astrónoma y 31 años hasta que en 1956 fue la primera mujer aceptada como profesora titular en la principal facultad de la Universidad de Harvard, donde también fue la primera mujer que dirigió un departamento. Su trayectoria académica abrió camino e inspiró a grandes científicas que vinieron después.

Marthe Gautier (1925)

A punto de cumplir 90 años, Marthe Gautier sigue luchando porque se reconozca su papel en el descubrimiento de la causa del síndrome de Down. El tanto se lo apuntó Jérôme Lejeune, otro pediatra de su equipo en el Hospital Trousseau de Paris. Fue este grupo el que sin duda descubrió en 1959 que el síndrome de Down lo provoca un trantorno genético, por el que los afectados tienen un cromosoma más de los 46 que caracterizan el genoma humano.

Lejeune figura como primer autor en el artículo científico que difundió el descubrimiento, y Gautier aparece en segundo lugar. A partir de ahí Lejeune continuó su carrera como genetista, estudiando otras anomalías en los cromosomas. Y creó una fundación, que desde 1970 comenzó a promoverlo como único autor del descubrimiento. Jérôme Lejeune (1926–1994) aspiraba a recibir el premio Nobel y creía que no se lo concedieron principalmente por su activa posición como antiabortista.

La versión de Gautier es diferente. La investigadora francesa sostiene que fue ella quien apuntó hacia la existencia de un cromosoma número 47, pero no pudo encontrarlo porque su microscopio no era suficientemente potente. Así que le pasó sus muestras a Lejeune, quien pudo ver el cromosoma extra y fotografiarlo en un laboratorio mejor equipado. Según Gautier, su colega ya se atribuyó el mérito del descubrimiento en un congreso celebrado en Montreal (Canadá) en 1958 y la dejó completamente de lado en la redacción del artículo publicado en 1959. La controversia sigue viva en los tribunales. En enero de 2014, Marthe Gautier iba a recibir en un congreso el reconocimiento de la Federación Francesa de Genética Humana pero la Fundación Lejeune acudió a los tribunales y la intervención de Gautier fue cancelada.

Lise Meitner (1878–1968)

Por encima de Rosalind Franklin, la física austríaca Lise Meitner es el caso más evidente de descubrimiento científico realizado por una mujer e ignorado por el comité de los premios Nobel. Fue ella quien se dio cuenta en 1938 de que se había producido una fisión nuclear en los experimentos realizados por sus colegas en el laboratorio. Y fue uno de ellos, Otto Hahn, quien recibió el premio Nobel de Química en 1944 por el descubrimiento.

A Lise Meitner le faltó el reconocimiento oficial, pero no el compañerismo: Otto Hahn la nombró nueve veces en su discurso de aceptación del Nobel. Habían trabajado juntos durante tres décadas hasta que, en el año de su gran descubrimiento común, Meitner tuvo que huir de la Alemania nazi.

Otto Hahn le ayudó a escapar hacia Suecia y Lise Meitner siguió colaborando con él desde su exilio. Meitner siempre reconoció el mérito del experimento de Hahn, pero fue ella quien primero supo interpretarlo correctamente con un artículo publicado en la revista Nature, donde apareció por primera vez el término “fisión nuclear, y apuntó la posibilidad de una reacción en cadena. Aquello hizo reaccionar a los EEUU, que intentaron reclutarla sin éxito para el proyecto Manhattan: «No quiero tener nada que ver con una bomba», declaró.

Jocelyn Bell (1943)

La astrónoma norirlandesa Jocelyn Bell nunca ha querido entrar en la polémica de su exclusión del Nobel de Física en 1974. Le resta importancia y no lo ve como una discriminación de género, sino como una cuestión de jerarquía entre un estudiante y los investigadores que lo supervisan, «que deben llevarse el crédito de los éxitos y fracasos, salvo en casos excepcionales. Y este no lo es».

Como estudiante de doctorado, Bell ayudó a construir un radiotelescopio en la Universidad de Cambridge y comenzó a estudiar las señales que captaba del espacio profundo. Revisaba metros y metros de papel impreso con gráficas, hasta que un día de 1967 descubrió unas extrañas marcas, demasiado rápidas y demasiado regulares. Reconoció que allí había algo importante, aunque no supo lo que era. Ella y su director de tesis, Anthony Hewish, denominaron a aquella señal LGM (siglas de Little Green Men, “hombrecillos verdes” en inglés), bromeando con la posibilidad de que fueran señales enviadas por extraterrestres.

Más adelante se comprendió que aquellas extrañas señales eran emitidas por una estrella de neutrones girando a gran velocidad, que fue denominada púlsar. El comité de los Nobel reconoció a Hewish por el descubrimiento de los púlsares pero ignoró a Jocelyn Bell, lo que desató la reacción airada de eminentes científicos en la primera ocasión en que la Academia Sueca premiaba un trabajo de astronomía. Para uno de ellos, Iosif Shklovsky, Bell había realizado «el mayor descubrimiento astronómico del siglo XX».

Rosalind Franklin (1920 – 1958)

Lo único que está claro en el caso de Rosalind Franklin es que no se le negó el premio Nobel por discriminación de género. Ella murió en 1958, cuatro años antes de que la Academia Sueca premiara a su colega Maurice Wilkins y a sus rivales James Watson y Francis Crick, por el descubrimiento de la estructura molecular del ADN. Y el nobel no puede concederse a título póstumo.

Cuando Franklin murió, a los 37 años de edad, se le reconoció el mérito de sus investigaciones sobre las estructuras del carbón y de los virus. Pero en su obituario no se mencionó nada del ADN. En gran parte porque hasta después de su muerte la estructura del ADN (que ayudó a descifrar en 1953) no se consideró completamente probada; ni siquiera se reconocía la importancia biológica de la que hoy se considera unánimemente como “la molécula de la vida”.

Así que nunca sabremos si Rosalind Franklin hubiera compartido el Nobel de Medicina en 1962. Pero lo que es injusto es que ni Watson ni Crick ni Wilkins la mencionaran en sus discursos de aceptación, porque la famosa imagen de difracción de rayos X obtenida por Franklin (la llamada “Fotografía 51”) les dio a ellos una pista crucial sobre la correcta estructura en doble hélice del ADN.

Solo años más tarde, en su relato autobiográfico “La doble hélice” (1968), Watson empezó a reconocer la contribución de Franklin a su descubrimiento, aunque lo hizo en medio de comentarios negativos sobre ella. Se ha escrito mucho sobre esa polémica. Si aquel fue un caso de sexismo, de intensa competitividad, de choque de personalidades entre Watson y Franklin… o incluso de antisemitismo soterrado (ella era judía).

También se ha discutido mucho si la contribución de Franklin merecería compartir aquel premio Nobel. Pero lo que es mucho menos conocido es que ella hubiera merecido aún más un segundo premio, el Nobel de Química de 1982 otorgado a su discípulo Aaron Klug “por el desarrollo de los métodos cristalográficos para descifrar la estructura de los complejos proteínicos de los ácidos nucleicos”. Es muy probable que, si ella hubiera vivido suficiente, ambos hubieran compartido ese premio, que reconoció el trabajo iniciado por Franklin y continuado por Klug.

Sin embargo Rosalind Franklin murió muy joven, por un cáncer de ovario probablemente causado por su trabajo sin protegerse de los rayos X, que nos revelaron el secreto de la vida, pero que pudieron dañar su propio ADN y desencadenar el cáncer

Newsletter Cedetrabajo

El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

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