Reforma fiscal y una nueva política comercial, algunos de los retos económicos que enfrentará el nuevo Congreso

Mar 14, 2018

Aunque las elecciones del 11 de marzo demostraron que la oposición sigue avanzando en representación, no hay muchas sorpresas en la nueva conformación del Congreso de la República. Sin embargo, desde el Centro de Estudios del Trabajo (Cedetrabajo) evidenciamos cuáles son los retos económicos que el nuevo Gobierno tendrá que enfrentar durante los próximos cuatro […]

Aunque las elecciones del 11 de marzo demostraron que la oposición sigue avanzando en representación, no hay muchas sorpresas en la nueva conformación del Congreso de la República. Sin embargo, desde el Centro de Estudios del Trabajo (Cedetrabajo) evidenciamos cuáles son los retos económicos que el nuevo Gobierno tendrá que enfrentar durante los próximos cuatro años.

Bogotá, 12 de marzo de 2018 (@cedetrabajo). Las elecciones legislativas que definieron la conformación del Congreso de la República (2018 – 2022) marcan el verdadero comienzo de la carrera presidencial, y revelan la fuerza política que tendrá el próximo Gobierno para sacar adelante retos económicos esenciales para el país.

Para Mario Alejandro Valencia, director del Centro de Estudios del Trabajo (Cedetrabajo), el crecimiento económico debe estar atado a la reindustrialización. Por eso es necesario que el nuevo Gobierno tenga como primer reto económico la creación de una nueva política productiva y de empleo, porque tras 28 años de apertura económica la promesa de aumentar el desarrollo agroindustrial y las exportaciones, no ha demostrado ser efectiva.

“Se debe evitar que sectores claves para nuestra economía como lo son textiles, papel, químicos, cauchos, metalúrgicos y equipos de transporte, sigan desapareciendo, porque generan encadenamientos hacia atrás y adelante. Un comportamiento que no tiene la actividad minera” asegura Valencia.

También es necesaria una nueva política comercial. El país ha perdido durante las últimas tres décadas parte de su aparato productivo. Una situación que ha empujado hacia atrás las exportaciones tradicionales y mantiene el ingreso de los hogares por debajo de US$6.000 per cápita al año. Una cifra preocupante si se tiene en cuenta que en Estados Unidos es de US$57.000.

“Es indispensable evaluar y revisar los acuerdos económicos negociados, que impiden establecer requisitos de desempeño a la inversión extranjera, como la transferencia tecnológica” aseguró el director de Cedetrabajo.

Pero son las medidas tributarias y pensionales las más claves para superar condiciones de desigualdad y de corrupción. Por eso el próximo Gobierno deberá buscar una reforma fiscal profunda en la que aumenten los impuestos directos, disminuyan los indirectos, se reduzca la evasión y fuga de capitales, se revisen los beneficios tributarios y se haga más eficiente el gasto público. Así mismo, una reforma pensional que aumente la formalización (para lograr mayor número de cotizantes) y elimine la competencia entre el sistema público y privado.

Para mayor información:

Katherin Alfonso

Jefe de prensa Cedetrabajo y Justicia Tributaria

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El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

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